lunes, 6 de julio de 2015

Desayuno en Tiffany's y tango en París

Por Tesa Vigal

En ‘Desayuno en Tiffany’s’ de Blake Edwards (aquí Desayuno con diamantes) Audrey Hepburn da vida (y no es una frase hecha) al alocado, tiernamente indómito personaje de la novela de Capote, aunque este es uno de los casos en que la película me gusta más que el relato (a pesar de que Truman Capote me parece un escritor impresionante, poético, especial). El relato es más duro, pero su protagonista no es un gigoló y tampoco aparece esa historia de amor entre dos perdedores emocionales, dos marginales que no lo parecen, cuyos caminos se cruzan a pesar de sus historiales respectivos, o quizás precisamente por ellos. Su amistad es lo que convierte a la película en algo muy especial. Dos vagabundos de la luna, como apunta ‘moon river’ la canción de la película. Ella es una chica de compañía, a cambio de 50 dólares para el tocador. Él, Paul, interpretado por George Peppard, es un gigoló.



Película original, conmovedora, profundamente melancólica. La constante sonrisa de ella defendiéndose del miedo. La libertad y sus heridas, ausencia de cariño, soledad. Su comienzo es ya de lo más significativo: una calle al amanecer en Nueva York, por donde circula un taxi solitario mientras suena la melancólica música de Henry Manzini. Del taxi se baja una chica en traje de noche negro y gafas oscuras que empieza a beberse un café en un vaso de plástico y a comerse un bollo ante los escaparates de Tiffany’s. Está desayunando aunque aún no se ha acostado.

Una de mis escenas favoritas, de indirecta y sutil tristeza, es la segunda vez que se ven, cuando se descubren amigos, compartiendo sus contradicciones sin proponérselo, sin intenciones. Huyendo de un cliente del que no ha podido despegarse, ella sube por la escalera de incendios y entra por la ventana al apartamento de su nuevo vecino, tras observar marcharse a la madura “decoradora” del aspirante a escritor y ver a éste en la cama, dormido y desnudo. Ella comprende y le dice con complicidad irónica y nostálgica: “Debes estar muy cansado…”. También descubre que su máquina de escribir no tiene cinta, aunque él dice que es escritor. Los dos contemplan con húmeda nostalgia sus respectivas huidas, reconociéndose con una reticente y ambigua alegría. “Somos amigos ¿verdad?”… Y en otro momento de la peli: “Acompáñame hasta que me emborrache”.



Hay, sin embargo, una diferencia entre los dos. Ella es una persona indómita. Cuando va a buscarla su ex marido, que la recogió siendo una adolescente hambrienta, Holly le dice que no debe querer a un ser salvaje porque bajo su cariño y cuidados va volviéndose más fuerte, hasta que de nuevo puede volar y ser libre. No pertenece a nadie. Sólo tiene una cama y un sofá en su apartamento y un gato sin nombre, al que recogió en la calle, y como explica ella misma cuando encuentre un lugar propio donde se sienta tan segura como en Tiffany’s se comprará muebles y pondrá nombre al gato.

Por lo tanto, ante el amor ella se defiende de esas obligaciones convencionales, que para muchos conforman las relaciones sentimentales: “quieres enjaularme”, le dice. El amor le huele a trampa, sobre todo esa relación entre ellos basada en la más abierta y confiable camaradería, donde ninguno tiene nada que esconder. La relajación total por un lado. Pero además la tentación teñida de deseo de hacer con el otro lo que no hace gratis, el sexo, añadiéndole lo que no hace nunca de ninguna manera: amar y dejar que el otro le ame. Podrán permitirse sentir y expresar sus sentimientos. Un lujo, un sueño al que temen. Porque han elegido una vida social en la que sólo entregan su cuerpo, manteniéndose a salvo, escondidos tras del sexo. Y es que lo que hace vulnerable a alguien es entregar sentimientos, desnudar su alma. De ahí que un encuentro amoroso entre ellos tenga algo catártico y sea especialmente emocionante.



Hay otra escena, única, en la que aparece reflejado el mundo desquiciante de Holly, disfrazado de sonrisas y celebraciones aunque por debajo fluye un río de anhelos insatisfechos y miedosa incomunicación. Es la escena de la fiesta, que Blake Edwards preparó a conciencia celebrando una fiesta real durante varias horas antes de empezar a rodar, con los actores ya borrachos y despendolados. Y hay un momento allí en que una mujer se contempla en un espejo, copa en mano, y empieza a reírse de su imagen como una loca. Se suceden otras imágenes de la fiesta y vuelve a aparecer la misma mujer, ante el mismo espejo, llorando desconsoladamente, con ríos de rímel corriendo por su cara.


Una película que se etiquetó como comedia, aunque a mí me parece una herida remontando el vuelo a su manera, convirtiéndola en algo especial que no se olvida. Blake Edwards rodó poco después otra historia de marginales, dos alcohólicos; pero en la dramática, dura, redonda “Días de vino y rosas” no queda rastro de melancolía. 

'El último tango en París' de Bertolucci se etiquetó como película erótica, sin embargo es una trágica historia de incomunicación, con un inmenso Marlon Brando que le añade una profundidad vertiginosa.

Tras el final traumático de una relación puede caerse en la pasividad más vacía, o explotar en cualquier relación desesperada. En ambos casos se vive en el derrumbe, en el agujero negro de la incomprensión, la culpa, el afilado borde del mundo. Entonces nada importa y todo vale y ambas cosas se cuestionan. 



Paul (curiosa coincidencia, el protagonista de desayuno en Tiffany's también se llama Paul) acaba de quedarse viudo porque su mujer se ha suicidado. Su reacción será volcarse en una relación con la primera persona que se cruza en su camino, negándose a intercambiar datos personales, ni siquiera el nombre, sólo sexo, sin necesidad de preguntas. Porque lo íntimo para él es todo lo demás. Desnudar el alma es lo difícil, lo problemático, la fuente de la incomunicación. y Paul viene de la incomunicación más completa, con esa mujer que se ha suicidado por motivos desconocidos. Su desengaño vital no sólo le produce culpa, sino rebeldía defensiva. Y comienza la historia con una desconocida a modo de grito desgarrador.



En este drama la parte romántica la pone Paul. Él aporta la intensidad, la hondura, la rebeldía desesperada, la tristeza asumida. La chica, María Schneider, pasaba por allí, esa es la actitud vital que transmite. Parece evidente que no ha conocido el dolor, el profundo al menos, y no comprende los motivos de su amante porque son demasiado laberínticos, porque enfrentan, como en un espejo, toda la frustración, la libertad, las contradicciones humanas. Y eso da mucho miedo. Tanto que, tras vivir con él esa interesante aventura extraña, se niega en redondo a entablar una auténtica comunicación con Paul cuando éste, al final, quizás habiéndose librado del dolor, se atreve a ofrecerle como regalo todo lo demás. Empieza diciéndole su nombre y dispuesto a contarle, a compartir con ella lo que quiera.

Pero ella se siente amenazada, desbordada por la insólita profundidad que podría suponer una comunicación personal con él. Lo suyo, su medida, es el joven cineasta previsible y más o menos encantador, y desde luego más sencillo. Por eso decide acabar con esa relación de la manera más cobarde. La mirada de Brando en el balcón, despidiéndose de los tejados de París, es una de las más impresionantes que he visto en el cine. Tanta tristeza, tanta lucidez... Sin vuelta atrás.       





domingo, 7 de junio de 2015

'Match Point' de Woody Allen

Por Tesa Vigal

Dejando claro algo obvio, que algunos parecen olvidar, como es el hecho de que Woody Allen es un ser humano sujeto por tanto a irregularidades, altibajos, o repeticiones, ‘Match Point’ (una de sus pocas películas dramáticas) me volvió a transmitir la impresión de algo redondo, potente, intenso, turbador. Y no sólo porque habla de temas inquietantes como el misterio de eso que unos llaman suerte, otros llaman azar y otros destino. Del camino posesivo y devastador de algunas pasiones. Del poder autodestructivo de las decisiones “sensatas”, en este caso la elección de pareja. Sino además por la sobriedad implacable con la que se va desarrollando la historia, que apunta de alguna forma al enigma inconsciente que dirige nuestras vidas; sin juzgar.


La poderosa interpretación de Jonathan Rhys Meyers traspasa con su aliento ambivalente, acariciando la contradicción de sus deseos. Porque no sólo es un trepa, es un apasionado jugador arrastrado por sus emociones.

También es una historia sobre esos ríos en los que a veces caemos y entonces comienza un periodo de dejarnos llevar, sin aparente elección, cuando parece que los dioses nos han elegido como juguete pasajero de sus misteriosas energías. Como en esa escena en el museo, cuando los dos protagonistas vuelven a encontrarse, por casualidad, y él no puede evitar repetir su murmullo pidiéndola un teléfono, una forma de volver a verse, a pesar de la cercanía de su mujer. Un murmullo apremiante, incontrolable, rezumando destino. Sin pensar en las consecuencias. Curiosamente, igual que en su decisión final de sentido contrario, cuando decide apartarla de su vida con idéntica desesperación, aún más peligrosa.


Dos perdedores que se conocen en un escenario, ajeno, de la alta sociedad, a punto de tomar cada uno sendos caminos diferentes. Hacia arriba y hacia abajo, respectivamente, por intermedio de otras personas que jugarán un papel decisivo, aunque ocupen un papel secundario en sus vidas. Esas personas, el novio de ella, la mujer de él, añaden la triste adaptación a lo cotidiano, la ignorancia de lo que sucede a su alrededor por no querer mirarlo, en realidad por no querer sentir ni conocer de verdad a sus parejas, prefiriendo vivir en una tibieza cobarde en la que finalmente caerá también el protagonista.

Tras su decisión viene esa escena de sombras desoladas en la cocina, cuando se siente rodeado, casi cercado por el silencio espeso de la madrugada. Donde la constatación es melancolía y el sarcasmo una tentativa de sonrisa apaciguadora. Cuando recibe la visita de dos de sus fantasmas, admitiendo con equívoca resignación que a partir de entonces tendrá que convivir con ellos.

Y una tristeza impotente va calando hondo, como la lluvia de Londres donde sucede la historia. Como la lluvia torrencial en la que camina ella (Scarlett Johansson) después de haber recibido el rechazo de la madre de su novio, sintiéndose más que nunca una ‘extranjera’ por seguir persiguiendo sus sueños. Una lluvia ácida. Y como el título de una vieja canción de la Creedence: “Who’ll stop the rain”.  
     

lunes, 4 de mayo de 2015

The misfists-Vidas rebeldes de John Huston

Por Tesa Vigal

Aquella noche temblaban los cristales con el tráfico nocturno, mientras veía en la tele 'Los inadaptados', traducción literal del título de ese director tan irregular y humano como inolvidable. Y una perfecta luna llena y la película de Huston eran mi única compañía en aquella noche imprevista. Una película cuyo blanco y negro oscila entre el gris sucio del humo de Las Vegas, y unos radicales contrastes, espesos como tinta china, en las escenas del desierto, con sus escasos y perseguidos caballos salvajes destinados a convertirse en comida enlatada para perros. 

Sobre seres indómitos, por tanto, como sus personajes humanos, a pesar del duro precio que les cobra la vida por seguir siendo ellos mismos. Y protagonizada por actores en el último tramo de su vida. Montgomery Clift (su penúltima película), Marilyn Monroe y Clark Gable (última película para ambos). En Gable su vieja naturalidad socarrona aparece empapada por el cáncer terminal, en forma de mirada alejándose del mundo y unos gestos de austero y gentil empaque. Los ojos de Marilyn son más tristes que nunca, y parece rodearla una solitaria noche añil, con cierto olor a orquídea y a desierto, a tabaco y gasolina. Como en la escena en que sale tambaleándose borracha de una fiesta, rechaza un beso en la puerta y un baile inocente, poderoso y roto surge involuntario y tierno de sus brazos lánguidos y del mar de sus piernas. Y acaba rodeando lentamente, en abrazo perfecto, el tronco de un árbol, y allí se queda inmóvil, con una sonrisa delicada, casi frágil, respirando contra la madera viva en un largo, pleno silencio.

Su personaje conmueve quizás más, conociendo su triste vida de soledad en compañía, pero todos son personajes crepusculares, fuertes por pedir el máximo a la vida -¿libertad y amor?- frágiles por no conseguirlo. De sonrisa sin destino, pasos en la cuneta, ojos desolados y cuerpos que arden solos. Seres que están hechos para vivir, condenados a muerte por falta de escenario, de playas salvajes y compañeros de juego. Islas delicadas como los últimos caballos salvajes de Nevada, convertidos en malditas leyendas.

Nadie olvida a ese tipo de gente, y es que las personas excesivas son incómodas. Algunos las temen, otros las envidian, otros las condenan, y unos pocos las admiran; pero siempre desde lejos porque es más seguro. Esa conversación en la cabina telefónica de los enormes ojos de Montgomery Clift, asombrados por momentos de su propia melancolía, con su madre remota, con una familia que ya no lo es si es que alguna vez existió.

Planos de tesoros, lámparas mágicas, corazón limpio, cuerpo con alma y laberintos, trampas tendidas a sí mismos se percibirán si te acercas a sus miradas. Pero ellos, en general, y en palabras de uno de los personajes, el de Marilyn: "siempre acabo en el mismo lugar en que empecé". Y es que si este mundo es para ellos, lo disimula muy bien.


lunes, 30 de marzo de 2015

El amor a tres bandas de 'Jules et jim' de Truffaut

Tan especial como triste. Su encanto indefinible hechiza, perturba, provoca preguntas, hace volar y luego golpearte contra el misterio de la naturaleza humana y sus laberintos. Comparto la opinión de mi viejo amigo Jorge Martín que escribió sobre ella: “Este cineasta nació para hacer ‘Jules et Jim’. Es una película que tenía que existir, tenía que hacerse como en literatura ‘Crimen y castigo’ de Dostoievski, o como ‘M. el vampiro de Dusseldorf’, o como ‘Frankenstein’. No me habría importado demasiado si no hubiese hecho otra película en su vida salvo ésta”.

Esta película poética, lúdica, melancólica, cuestionadora, explora el origen de la amistad, de cómo la amistad es la base del amor (cuando es amor y no una relación intercambiable para remediar la soledad), de cuando el deseo surge de una íntima conexión y de cuando surge de un acercamiento inevitable, de las personas con muchas facetas a las que les resulta difícil poder compartirlas con una sola pareja, de la natural aparición de varias parejas de distinto nivel, contacto, expresión, pero todos ellos igualmente imparables. 
Por Tesa Vigal

Habla, por tanto, de la misma naturaleza del amor, uno de los grandes misterios, revelando que es tan natural una relación monógama como las otras, dependiendo de las personas implicadas. Y de la dificultad de encontrar personas que lo gocen y lo entiendan sin sufrir. Siempre suele aparecer un lado del espejo que acaba enturbiándolo y aquella relación con vocación de libre maravilla se estrella contra las contradicciones.


La historia empieza con la amistad profunda, cómplice, de Jules (Oscar Werner) y Jim (Henri Serre), de esas amistades tan compenetradas que llegan a formar casi una tercera persona producto de su mezcla única. Escenas llenas de rotunda intensidad y desenfadado juego que adquieren otro sentido y conexión a tres bandas cuando conocen a Catherine (Jeanne Moreau). El sentido que da mayor profundidad a su amistad, añadiendo a ella la peculiaridad de Catherine, su apuesta radical por la vida que fascinará a los dos amigos, les turbará, les enfrentará a sus contradicciones y les hará vivir en el presente, lo único que existe, reconociéndose a sí mismos y reconociendo a los otros. Vivir al límite no tiene que ver con acciones externas sino con actitudes internas y es insostenible aunque allí anida lo auténtico. 

Una frase de la película hablando sobre su encuentro con Catherine: “Jules y Jim estaban emocionados, como ante un símbolo que no comprendían”. Y Jules hablando de Catherine con Jim: “Hace las cosas a fondo, una por una. En todas las circunstancias, en medio de su claridad y su armonía, vive guiada por el sentimiento de su inocencia”.
A Catherine le fascina el soñador Jules. Y le atraerá con la misma intensidad el apasionado Jim. Pero hay más. A Catherine también le hará feliz la rica y divertida amistad de Jules y Jim, reconociéndola como una persona más. Por eso tendrá una relación con los tres y cada uno de los tres dará sus frutos, enfocará esquinas y rastreará huellas. El camino es la meta. La escena en la que Catherine se viste de chico y se pone un bigote y corren por la calle, como vagabundos de su propia complicidad. O cuando van en bicicleta, o cuando ella les canta, o les sonríe con desafiante alegría.

Y sin embargo esa melancolía, siempre aleteando sobre sus cabezas, porque ellos se muestran incapaces de sostener esa historia. Los dos se irán alejando, vencidos finalmente por sus miedos. Catherine también se rendirá, con una acción final que apunta a su más íntima y absoluta manera de sentir la vida. Para mí es ahí donde radica el más escurridizo misterio de la historia. Su lado más temible, ese que roza abismo y bucea bajo el mar profundo. Esa actitud que no admite convenciones ni sucedáneos. 
Truffaut
Pero siempre quedará lo luminoso de la amistad, la entrega incondicional de los niños jugando. El desafío de la libertad, ese ingrediente básico del amor, que pocos respetan (y aún menos miman). Suele preferirse la comodidad a corto plazo de las etiquetas y la supuesta seguridad de la lista de obligaciones.
Si se vive se explora. Si se explora da miedo. Si se vive el miedo, desaparece. Creo.
    

lunes, 16 de marzo de 2015

'Lost in translation' de Sofía Coppola

Por Tesa Vigal

Si esta atmosférica película de Sofía Coppola (recomiendo más aún su fascinante ‘Las vírgenes suicidas’, basada en el no menos fascinante libro de Jeffrey Eugenides, del que hablé en el blog: http://www.librosconaliento.blogspot.com ) fuese un poema sería un haiku, ese tipo de poesía oriental formada tan solo por tres o cuatro versos aparentemente sencillos, pero con el enigmático calado que tiene la presencia misteriosa de los objetos y los momentos al mirarlos y sentirlos. Cuando las circunstancias o el escenario se dejan reposar, dando tiempo a que su influencia empape lentamente a las personas inmersas en ellos.


Si fuese música sería la canción que Bill Murray canta en el karaoke: ‘More tan this’ de Roxy Music, más que esto. Porque eso es lo que piden a la vida sus dos protagonistas (ella Scarlett Johansson), inmersos en el extravío vital a que se refiere el título. No solo perdidos en la traducción, sino en la incomunicación con sus respectivas parejas y con el mundo en general en un momento en que ninguno de ellos está contento consigo mismo, ni sabe por dónde tirar. Ni siquiera si habrá una puerta de salida. También piden “más que esto” en la relación amistosa que han entablado, conectando por su situación de perdidos que por fin encuentran a alguien con quien poder compartirla.
Atmósfera sutil, plagada de emociones contenidas, salvo en su escena final en que las palabras y el abrazo surgen por fin en voz baja, en un murmullo que solo oye ella, la mujer a la que van dirigidas las palabras, creando una aura casi mágica a la peripecia de sus dos protagonistas, perdidos en tierra extranjera, que aquí es un reflejo de su propia incomunicación interna, que les coloca en tierra de nadie donde reina la soledad en compañía, con diálogos o sin ellos.


Su gran peculiaridad es que no se trata de una historia de amor al uso, sino que va más allá. Para mí es una historia de amistad, íntima, esa que recoge los silencios compartidos apaciblemente, cuando lo más frecuente es que el silencio incomode y sea lo que más miedo da a la gente. Casi diría que el silencio es la prueba de la amistad. Esa conmovedora escena en que se sientan uno al lado del otro sin decir nada, con toda naturalidad, en medio del pasillo donde se encuentran. Y esa otra en que comparten insomnio en la cama, vestidos, rendidos al fin por el cansancio, intercambiando frases íntimas sobre su soledad, hasta quedarse dormidos, como una cumbre de intimidad compartida que no necesita más.

Esta película no es para reír, aunque tenga toques cómicos. Es una historia melancólica y sincera, de dos personas asumiendo su torpeza y sus límites, también sus anhelos, como en la ya mencionada escena del karaoke, cuando Bill Murray canta con su voz cascada y dubitativa, repitiendo el estribillo que queda como una pregunta al viento, como diría Dylan.

domingo, 8 de marzo de 2015

'La noche del cazador' de Charles Laughton

Por Tesa Vigal

Pocos personajes tan inquietantes como el predicador oscuro, sarcástico y turbador que protagoniza esta película, la única que dirigió el actor Charles Laughton. Robert Mitchum interpretó en esta historia el papel de su vida. En las antípodas de los que solía encarnar que, por otra parte, solía ser el mismo. Quizás por eso se crea ese paralelismo tan perturbador entre el actor insólito y el actor que recordamos, el predicador esperado y admirado socialmente y el predicador oculto y letal.


Un sádico perseguidor de niños, contemplado por sus ojos radicales e inocentes a lo largo de una huida que va destilando todo el aire mágico, la atmósfera implacable y amenazadora propia de un cuento mítico. El cazador es un ogro, o un monstruo vampírico y burlón que, a veces, aparece disfrazado bajo la máscara cotidiana y amable de un familiar.

Los niños son los únicos que ven la verdad tras su máscara, los únicos que han visto la burlona y peligrosa amenaza de un sádico, escondiendo el gozo que le produce la cercanía de sus víctimas. Los únicos que no se sorprenden y aceptan con naturalidad, al oír a lo lejos acercándose lentamente la canción silbada burlonamente por el asesino de su madre, a ese hombre que la sedujo sin el menor esfuerzo con todo el encanto de un caballero del sur.



Su madre asesinada flotando entre las plantas acuáticas en el fondo del río, como un sueño de aspecto suave y fondo de pesadilla. Sueño opresivo y quieto, un ojo implacable. Ojo que mira y es visto como las dos palabras tatuadas en sendos nudillos de las manos del predicador : odio-amor. Como una mirada voraz sobre el mundo, queriendo abarcarlo todo para su placer escondido. O dirigir palabras tiernas a sus inmediatas víctimas. Cancioncilla sangrienta. Río neutral que sigue fluyendo a pesar de todo.  

domingo, 22 de febrero de 2015

'Antes de que el diablo sepa que has muerto', de Sidney Lumet


Por Tesa Vigal

Esta película empieza con el inmenso actor Philip Seymour Hoffman follando desesperadamente con su mujer. En ese matiz se encierra el tono vital de ese hermano mayor, en apariencia triunfador, pero que va revelando en sus alocados planes la fragilidad de una vida sin suelo firme bajo sus pies. Manipulando a su vulnerable hermano pequeño (magnífico Etham Hawke), y su apariencia de perdedor que sí coincide con su realidad, le convence para perpetrar un atraco a la joyería de sus padres. En realidad más que convencerlo le arrastra desde su posición de su supuesto poder y ambos se dejarán llevar por sus sentimientos desquiciados en un plan insensato, no por los detalles técnicos del mismo, sino porque ninguno tiene en cuenta sus capacidades y limitaciones personales reales. 



Ese atraco es el pretexto vital y simbólico del que parte esta historia de relaciones familiares, cuando se trata de ocultos afectos envenenados, con secretos emotivos y pozos internos que socavan raíces y acaban provocando explosiones en forma de decisiones, o actitudes difícilmente reversibles. Para convencerlo, el hermano mayor le dice: “confía en mí, eres mi hermanito” y persiguiendo su rendición total añade: “no te contaré nada del plan hasta que aceptes”.  Vemos las decisiones gestarse, luego cómo empiezan a nombrarse entre sonrisas de falsa complicidad. Después el resultado incontrolable, porque lo que se ha puesto en marcha es todo lo que se ocultaba en el interior de cada uno.

Potente por su tema, por sus magníficas interpretaciones, por su tensa atmósfera que te empapa con el desbordado interior de sus personajes. El hermano mayor, y sus sucios chanchullos en la empresa en la que trabaja, acude a una cita periódica con un camello glamuroso de aire oriental, vestido con un abierto y flotante quimono japonés de seda, en su lujoso y minimalista apartamento, para chutarse heroína y lograr relajarse un poco, aunque las consecuencias serán una impotencia sexual progresiva por causa de la heroína. El hermanito menor, divorciado y con una hija que le llama perdedor cuando no puede pagarle un viaje del colegio, es amante de la mujer de su triunfador hermano mayor. Poco a poco va influyendo todo en todo. El encadenamiento se sucede por dentro y por fuera de los personajes. Sobre todo cuando entra en escena su padre (Albert Finney) que será el duro desencadenante de la historia, tan trastornado como sus hijos. 



Y cada elemento se cuenta desde cada ángulo del suceso, desde cada visión personal y cada escenario, en esta película seca, poderosa y espléndida, en la que nadie quiere conocerse, ni pedir ayuda. No tienen salida porque ellos mismos se arrinconan sin piedad. Hay una frase muy significativa del hermano mayor: “el total es la suma de las partes, pero en mi vida no cuadra nada, no soy la suma de mis partes”. Y una escena paralela en la que vuelca un gran cuenco lleno de piedrecitas de adorno sobre una mesa de cristal, hasta vaciarla, con la misma determinación ciega con la que encara su vida.

La última escena es resumen y esencia de todo lo que ha pasado en ella: corta el aliento.

martes, 10 de febrero de 2015

'Blow up' de Antonioni

Por Tesa Vigal

Ante todo decir que, para mí, ‘Blow up’ es una película única, pero también en la filmografía de Antonioni. Las otras películas que he visto de él podrán tener cierto interés puramente mental, pero a mí no me llegaron. Todo lo contrario que ‘Blow up’. Tiene un principio amable y cotidiano (tranquilo paseo de un fotógrafo por un parque londinense) que, poco a poco, va desvelando que nada es lo que parece. Su campo de trabajo sería una primera pista: es un fotógrafo de moda que trabaja con modelos, esto es con algo que es moldeado y maquillado para crear imágenes artificiales.

Es por lo tanto un trabajador de las apariencias. Y este es el tema de la historia, pues a raíz de las fotos inocentes en el parque el protagonista va descubriendo que cada imagen escondía otra imagen y ésta, a su vez, ocultaba otra realidad. Y uno se pregunta al final de la película si no es eso lo que se hace, más o menos inconscientemente, con la llamada “realidad”.

Memorable por su fascinante secuencia del proceso de revelado de unas fotos casuales, donde surge por sorpresa un crimen enigmático, solapado bajo la apariencia simple de una pareja abrazándose y yendo de la mano por el parque. Las fotos apuntarán a que los movimientos de la pareja eran premeditados y con una intención clara: la muerte por el disparo de una pistola escondida entre el follaje. Y así aparece un cadáver donde las fotos indican que debe estar, para luego desaparecer como si nunca hubiera existido.


Por el contrario, las idas y venidas de sus personajes (encarnados por David Hemmings, Venessa Redgrave, Sara Miles, John Castle y Jane Birkin) parecen todas intencionadas, movidas por todo el sentido de lo cotidiano y, sin embargo, bajo ese aparente rumbo se revelan confusas, arbitrarias y pululantes, como hojas arremolinadas por una ráfaga de viento que viene de lo desconocido y allí desaparece también. Y esa luz increíble, irreal, del parque londinense donde el fotógrafo saca las fotos y donde ve saltar en pedazos, subrepticiamente, su realidad y su trabajo. Ese viento agitando los árboles que, por un instante, transmite poder sin nombre.

En ‘Blow up’ el interrogante es sobre la naturaleza de la propia realidad, el misterio de la percepción personal, con la que todos construimos el mundo, que va incidiendo en el papel que jugamos. Voluntaria o involuntariamente.


¿El fotógrafo crea la realidad con su cámara y sus luces igual que los demás la creamos con nuestros enmarques? ¿Existe la realidad antes de percibirla? Y si existe al margen de nosotros ¿la percibimos alguna vez de manera objetiva?

Y ese final de un partido de tenis imaginario, jugado por unos mimos sin pelota, en el mismo parque donde empezó todo, cuando el fotógrafo no puede menos, después de lo que le ha pasado, que sumarse al juego con una complicidad resignada y lúcida (¿impotente también?).

Un especial encanto arisco. Una magia escurridiza. Un atractivo enervante.


viernes, 16 de enero de 2015

'Paseo por el amor y la muerte', de John Huston


Por Tesa Vigal

La película hippy de John Huston, un poema de libertad y paz ambientada en la Francia medieval, durante la guerra de los 100 años entre Francia e Inglaterra. Pero también época de cruentos levantamientos sociales de los campesinos contra los nobles feudales.


El enfoque de la historia es una de sus peculiaridades. Contada a través de la mirada de dos seres típicos de la época, y sin embargo diferentes. Dos seres destinados al olvido de las crónicas, dos nómadas, dos seres sin patria porque lo que ellos van buscando es el mar. El mar físico y el mar espiritual, la libertad, lo desconocido, lo misterioso y profundo.

No sólo por ello no pertenecen a ninguna parte, también se debe a sus circunstancias personales. Él es un estudiante y poeta y por tanto su clase social no es la nobleza ni tampoco la campesina. Ella, hija de un noble asesinado, se ha quedado sin casa ni familia cercana. Los dos van recorriendo, en esta historia de carretera medieval, los caminos radicales y violentos de la época, con su magia teatral de carnaval, sus contradicciones, su imaginación, su lado burdo y sublime, su intensa pasión, su amor exaltado, sus sueños de ajedrez, su música lírica y mágica de los juglares y trovadores, su hambre y su crueldad, su entrega incondicional al instante, su maravillosa incredulidad en lo seguro, su maravillosa credulidad en dragones y milagros. Esa sabiduría inconsciente que recorre el corazón de la edad media revelando absurdos los afanes terrenales. Absurdo porque detrás hay algo que siempre se escapa. Todo ilusorio porque lo único que importa es ese mar inalcanzable. Ese otro lado del que poder reírse o al que poder atacar, o con el que soñar o al que maldecir. Como dice una cómica ambulante: “el mar siempre estará ahí, yo no”. 


Nunca he comprendido el motivo de ciertos críticos para calificarla como obra menor de Huston. Suelen usar curiosos argumentos que a mí me huelen a prejuicios. Por ejemplo cuando califican de ingenua la visión pacifista de la época hippy en la que fue rodada. Como si eso supusiera para ellos algo peyorativo, lo cual es bastante significativo. Precisamente en esta época, de nuevo convulsa, creo más necesario que nuca cuestionar las convenciones dominantes (empezando por la tiranía tecnológica y el triunfo material como única meta a alcanzar). Cuando más se necesita recordar las utopías para lograr lo que sea posible en sus aparentes imposibles.


Su protagonista femenina es una Angelica Huston de 16 años, que parece salida de un ensueño con aristas. Sublime y cruel, tierna y fuerte, con un halo legendario presente en general en toda la película, que empieza con un cadáver flotando en un río de aguas cristalinas y acaba con la amenaza inminente de otra muerte esperada, a la que ya no se teme porque se ha elegido la vida. Cuando la muerte forma parte de la vida. Su lado más enigmático y trascendente, aunque no hubiera vida tras ella. Tampoco se sabe qué hacemos en este mundo, para qué vivimos. Lo que está claro es que la imaginación materializa y la libertad sigue dando miedo. Supongo que porque implica mirarse a uno mismo, cara a cara, y aceptar las consecuencias de nuestras decisiones. Para bien o para mal. Vértigo. Vida. Laberinto.


lunes, 5 de enero de 2015

'Dead Man' de Jim Jarmusch


Por Tesa Vigal

Dentro del cine independiente uno de los directores más peculiares es Jim Jarmusch. En sus películas, de encanto escurridizo, retadora inocencia, ludismo lúcido, sus personajes suelen tener el marcado relieve de los sueños personales. No sólo porque están vivos sino porque destacan dentro de su entorno para bien, o para mal. En cualquiera de los casos ni se les juzga, ni se les compadece, ni se les envidia. Se les muestra con toda la carga apabullantemente neutral, que emana como un fuerte perfume de constatación misteriosa.

Algunas de sus historias tienen humor, más o menos surrealista. Otras un clima de perturbadora sobriedad y silencio, como “Extraños en el paraíso” (sobre tres emigrantes de países europeos del este). O las historias cruzadas de sorprendente contenido, como por ejemplo en “Mistery train” donde junto a una pareja de turistas japoneses sale el fantasma de Elvis, apareciéndose en Menphis a una chica en su habitación de hotel. Y con aire conmovedoramente perdido pregunta “¿dónde estoy?”. Historias cruzadas también en la memorable ‘Una noche en la tierra’. Sobre ella y sobre Jarmusch en general, a partir de su última película ‘Sólo los amantes sobreviven’, escribí una entrada en junio de 2014: “El toque (libre) Jim Jarmusch”, en cuadernosdionisiacosdelalunapalida.blogspot.com  


‘Dead Man’ está protagonizada en 1995 por Johnny Depp, cuyo personaje se llama como el poeta visionario inglés William Blake. Sólo que se desarrolla en el Oeste, su peculiaridad más obvia entre el resto urbano de las películas de Jarmusch, aunque no la única de esta fascinante historia, con atmósfera y cadencia de viaje interior. 

La coincidencia con el nombre del poeta no es gratuita. Hay una mención del poeta y el nombre coincidente en boca de un indio, un personaje con quien se encuentra el protagonista, llevado de niño a Inglaterra, allí recogido por una gente que paga sus estudios, gracias a los cuales conoce al sorprendente e incómodo poeta del siglo XVIII. Asombrado de cómo usa la pistola Johnny Depp (con nobleza y sólo en defensa propia con una puntería mágica sin haber aprendido nunca a disparar) le dice: “Te conozco William Blake, he leído tus poemas y en esta vida haces poesía con la pistola”.



Blake, el poeta, era un visionario, un místico y un reivindicador de lo instintivo como fuente espiritual, como nuestro lado más puro. Esas ideas tan radicales sobre el sexo le hacen único y discordante, no sólo en su época sino también en la actual, dado que a pesar de que ahora se acepte o se aliente lo sexual no va acompañado de ese aspecto espiritual y profundo con el que lo veía Blake. Su visión es justo la opuesta a la religión cristiana (y otras...): el sexo, lo instintivo en general es el bien y su represión y satanización es el mal. Sus versos son simbólicos, potentes, llenos de imágenes y de ideas sorprendentes, con sugerencia alargada y aire legendario. Cuando las leyendas son la esencia de la historia, su punto más auténtico. Por ejemplo estas líneas de “el matrimonio del cielo y el infierno”: “Sin contrarios no hay progreso. Atracción y repulsión, Razón y Energía, Amor y Odio son necesarios a la existencia humana... 1 El hombre no tiene un cuerpo distinto de su alma; el así llamado cuerpo es una porción del alma que los cinco sentidos, principales antenas del alma, perciben./ 2 Sólo la energía es Vida y procede del cuerpo; la razón no es más que el confín o circunferencia exterior a la energía./ 3 La energía es la delicia eterna... 

Robert Mitchum en un papel secundario
El elemento represivo o razón usurpa el lugar del deseo y se constituye en guía de quien no acierta a querer... La historia de esto se halla escrita en el paraíso perdido, donde el Tirano, o sea la Razón, se llama Mesías”. Y de “Proverbios infernales”: “El camino del exceso conduce a la sabiduría... La prudencia es una rica, fea y vieja solterona cortejada por la impotencia. Aquel que desea pero no obra, cría pestilencia... Jamás se convertirá en estrella aquel cuyo rostro no irradie luz”.

El protagonista de ‘Dead man’ hace una fusión en su recorrido del lado solar, activo y violento, propio del entorno del Oeste, con el lado lunar de su viaje interior, jalonado de silencios y miradas que salpican los hechos, en una constante toma de decisiones propia de un lugar y una época, como el Oeste; sin ley. Un tiempo y un espacio donde domina la ley interna de cada uno, en un inevitable enfrentamiento consigo mismo.


En esta película, este raro western íntimo y perturbador, Jarmusch vuelve al blanco y negro de varias de sus películas. Comienza durante los títulos de crédito, con el viaje en tren de Johnny Depp desde la costa este civilizada, a la del oeste sin ley. Y es una escena que no tiene desperdicio porque durante ella vamos viendo los cambios de pasajeros, que van siendo cada vez más salvajes, hasta llegar al final con tipos rudos de todo pelaje disparando a los bisontes a través de las ventanillas del tren en marcha. Y el protagonista abrazado a su maleta y procurando pasar desapercibido, mientras lanza ojeadas temerosas y alucinadas a su alrededor.

Como el poeta Blake, Johnny Depp vive una mezcla de inocencia y de extranjería. Y en su viaje iniciático no falta el paso por la muerte, el amor, el rito, la huida, el sueño, la compañía de un sorprendente indio gordo que también se siente fuera de toda pertenencia, aunque sigue vistiendo como un indio y se lleva bien con su antigua tribu. Dos seres libres, o con vocación de serlo, que comparten durante un tiempo un tramo de sus caminos.


Un recorrido en canoa por un río onírico, entre márgenes desconocidas y amenazantes, o desconocidas y tentadoras, entre destinos escurridizos e imparables, noches de hoguera y piedras oraculares. Sueños sin salida y piel pintada. Una película para volar con ella. Un planeo delicioso y lento, donde las palabras son pocas y significativas. Se habla poco y se dice mucho. Y todo está presente, flotando en el viento como diría Dylan. Por cierto, esta película me recuerda mucho a ciertas letras de Dylan.

     

domingo, 28 de diciembre de 2014

'Perdición' : La joya negra de Willy Wilder


Por Tesa Vigal 

Se trata de 'Perdición (Double indemnity). Billy Wilder tocó muchos géneros, aunque se le conoce por las comedias. Esta es su película de cine negro y resulta ser la quintaesencia del género. La historia comienza en mitad de una acción. Un coche, haciendo eses y a gran velocidad, aparca en la acera de una calle nocturna y de él se baja un hombre herido que entra en un edificio, en un despacho, y allí cuenta lo que le ha pasado, grabándolo en un magnetófono. Es su voz en off (tan denigrada en el cine, aunque a mí me parece fascinante cuando tiene sentido) la que pone aquí un aire intimista e irrevocable, que contribuye mucho a su atmósfera densa, turbia. Además la historia es un flash back, sabemos cómo va a acabar y, sin embargo, no importa. Lo que importa es saber, vivir, cómo ha sucedido todo. No hay lugar, por lo tanto, para destripar finales. 


Contiene frases que remarcan el olor a destino de la historia, entre las que destacan no sólo el muy especial diálogo de la escena final (de la que luego hablaremos), sino pequeñas puntualizaciones cotidianas como por ejemplo: “me tomé una cerveza, que era lo que realmente me apetecía, para quitarme el sabor amargo de su té”. O: “creí que eras más listo pero sólo eres más alto”. 

La presencia rotunda de Edgar G. Robinson como contrapunto irónico a la pareja protagonista, sobre la que confluyen las líneas sombrías de la vida. La limpieza de una amistad y el agujero negro de ciertas relaciones amorosas. Esas historias en las que a veces se embarca la gente para llegar con ellas hasta el final, como un vuelo misterioso hacia la salida, a sabiendas de su peligrosa dirección y su descontrolado movimiento. Borrachera de la entrega, vuelo alto y suicida, deseo de cruzar los límites cotidianos, emociones al rojo, más al rojo por ser clandestinas. Tristeza enervante y caliente, como el clima de California donde todos parecen nadar como pueden al compás de sus sueños, casi siempre en compañía de su coche y su pistola.


La inquietante escena de asesinato, porque convierte en cómplice al espectador por dos razones. Mientras sucede, fuera de escena, vemos la expresión pasiva de la cómplice-testigo. A continuación el espectador se angustia con los asesinos cuando el coche no arranca.



Y la asombrosa estela de envolvente oscuridad que va dejando tras de sí su protagonista Barbara Stanwyck. Ese tono susurrante al decirle a su amante: “¿recuerdas…?”, cuando éste flaquea y está a punto de renunciar al dinero en la escena del supermercado donde se encuentran clandestinamente, mientras ella se baja despacio las gafas de sol para mirarle a los ojos. En esa frase está contenido el motivo real que les ha unido, más allá del pretexto del dinero, esa aventura hasta el final, esa apuesta mantenida pase lo que pase.


El guión es del propio Billy Wilder junto al gran escritor Chandler, adaptando una novela corta de James M. cain. Y a pesar de sus discusiones a los largo de su escritura, estuvieron de acuerdo para otra escena cuya intensidad hace olvidar el detalle cotidiano de una puerta que se abre en sentido contrario a lo usual. Nadie se fija en ella mientras ve la película. Es la puerta del apartamento del protagonista, que se abre hacia el pasillo, en lugar de hacia el interior de la casa, para permitir mantener en secreto la visita de su amante y compañera en el crimen, escondida tras esa puerta, mientras la inesperada visita del compañero de trabajo, Edgar G. Robinson, que investiga el caso, habla con el protagonista en el pasillo junto al ascensor.


Precisamente otro elemento turbador es la estrecha amistad entre un asesino protagonista y el buen hombre que investiga el crimen, sin saber que es el crimen de su amigo, Fred MacMurray, quien a lo largo de la historia siempre le da fuego a su amigo Edgar G. Robinson. Y en su memorable escena final, se vuelven las tornas. Es Robinson quien se saca una cerilla del bolsillo para encenderle el último cigarrillo a su amigo moribundo. Y surge uno de los diálogos más sutiles y emotivos. El que se está desangrando, a punto de morir, le comenta al otro que no pudo darse cuenta de nada porque le tenía demasiado cerca, al otro lado de la mesa. El otro sólo responde: “Más cerca” .


sábado, 20 de diciembre de 2014

'Abre los ojos' de Amenábar


Por Tesa Vigal

De 1997. Segunda peli de Amenábar. Los actores: Eduardo Noriega, Penélope Cruz, Najwa Nimri, Fele Martínez, Chete Lera. Amenábar recalcaba, en las entrevistas sobre la película, una de las primeras imágenes: La Gran Vía de Madrid desierta a las 10 de la mañana y un chico que acaba de salir a la calle en su coche, contemplándola atónito y turbado hasta que el miedo le hace salir del coche y correr ante esa anomalía, más inquietante aún por ser algo posible y sin embargo absolutamente insólito. Tan extraño que huele a trascendente: algo ha debido pasar. Y lo que es peor, algo está pasando. Fuera, en el mundo exterior, o dentro. Puede que sea cosa de su percepción… Y además está completamente solo. Nadie a quien preguntar, con quien contrastar lo que percibe. 


Es una escena clave por condensar el eje central de la historia. Su tema principal. Aunque también lo hace la escena con la que se abre la película: una voz susurra “Abre los ojos” repetidamente y en la oscuridad. Hasta que una mano apaga el despertador y su mensaje grabado y un chico se despierta. El mismo que saldrá a continuación a la calle desierta. Pero también el mismo que a continuación está hablando con un psiquiatra contándole el sueño de la calle solitaria, tras despertarse de nuevo, oyendo idéntico mensaje en el contestador… Se ha despertado dos veces. Ha actuado en sueños y ha actuado en la vigilia. Pero ¿cuál es cuál?

Además no sólo aparecen en esta historia las experiencias vividas en sueños y en la vigilia, sino también en otra tercera realidad paralela, virtual en este caso, producidas supuestamente por una empresa dedicada ¿a qué en realidad? 


Y las apariencias. No sólo en las facetas con las que nos relacionamos con el mundo, sino el aspecto físico, la “cara” con la que nos presentamos a veces contradictoria, a veces complementaria, a veces una pesadilla, como la cara monstruosa producto de un accidente… El protagonista pasa de triunfador a perdedor, y no uno cualquiera sino un monstruo condenado al aislamiento y al rechazo social.

También hay dos chicas con diferentes nombres, que en un momento dado tienen el mismo. Y momentos ya vividos. Identidades que se derrumban y se crean. La identidad, ese tema que le fascina a Amenábar y que está presente en todas sus películas, más o menos directamente. “¿Quiénes sois?”, pregunta el protagonista en la escena final. Y otro personaje le dice en otra escena “a lo mejor no te gustaría la verdad”.

La historia responde a esas preguntas, pero de una manera tan inquietante y ambigua, que ese es precisamente el enorme caudal sugerente con el que te quedas mientras la ves, y al acabar de verla.

Es de esas películas que te atrapan por completo, casi hipnotizándote, o bien te deja fuera y no la soportas. A mí me fascinó. Me parece la mejor película de Amenábar, por ser la más personal quizás.