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viernes, 13 de enero de 2017

Revolutionary road, de Sam Mendes

Por Tesa Vigal

La sociedad consumista está basada en la tiranía del tener y aparentar, que trata de vender, como deseables, la casita con jardín para acompañar una vida familiar con niños incluidos, como si ese fuera el desarrollo normal y culminante del amor en pareja, a lo que se suma la montaña interminable del consumismo: montones de objetos innecesarios publicitados como imprescindibles. 

Otra de las pelis de Mendes trataba de la insatisfacción vital de un padre de familia maduro ('American beauty'), debido a su erotismo insatisfecho. 'Revolutionary road' da otra vuelta de tuerca, el descontento es existencial y por ello más interesante, más amplio. Cuestiona la base de la forma de vivir occidental a partir del momento de alcanzar eso que, supuestamente, llaman 'bienestar social'.

En ninguna de las dos pelis sus personajes parecen ser conscientes del fallo básico que desencadena su insatisfactoria vida. En 'Revolutionary road', parten además de un auto engaño: se creen especiales. Ninguno de los dos miembros de la pareja llega a cuestionar lo básico, aunque a veces lo roza. Por eso su pretexto (irse a vivir a París, aunque hubiese servido cualquier otro) tampoco sirve. Si lo hubieran realizado, allí seguirían conviviendo con sus niños y 'jugando a las casitas', como dice lúcida, tristemente, un vecino 'loco', personaje secundario patéticamente rechazado, parece ser que por ideas inconvenientes (revolucionarias, él sí). Ya que por lo demás, en los pocos minutos en que aparece se muestra como alguien perfectamente razonable, aunque un tanto desquiciado por la familia que tiene y porque lo tienen encerrado en un hospital psiquiátrico, de donde lo sacan de vez en cuando para darse un paseo con él.




Lo más interesante de esta peli es, precisamente, que carece de respuestas. Respuestas existenciales que implicarían una exploración valiente de cada uno y que pocas personas se atreven a llevar hasta las últimas consecuencias. El peso de las ideas sociales globalmente aceptadas suele ser demasiado pesado y, lo que es peor, invisible, inadvertido y aceptado por la mayoría. De ahí que las magníficas interpretaciones de Leonardo di Caprio y Kate Whinslet perturben y golpeen, al encarnar esa sensación constante de sentirse encerrados y sin salida, sin respuestas, aunque en un primer nivel parezcan tener algunas ideas (lo de irse a París, por ejemplo). El desconcierto de los dos personajes es tan patético como para caer en una trampa bastante usada, la de tener un hijo para solucionar carencias vitales. Tener un hijo sólo viene a cuento cuando se desea tener un hijo. Nunca cuando sustituye a otras carencias. Lo malo es que ellos no saben cuáles son sus carencias, sólo que las tienen. ¿Qué les falta a cada uno? En vista de que no lo saben, se supone que se debe caminar hacia lo que sí se sabe, que en este caso es cómo NO se quiere vivir.

Poco tiempo después de verla, asistí a una charla sobre ella en el café librería 8 y 1/2, y me quedé sorprendida de la visión 'sensata' que esgrimía alguna gente, como si de una bandera se tratase. Para ellos lo principal era aceptar la limitaciones inevitables que supone el crecer. Y esto implicaba renunciar a los sueños y aguantar los inconvenientes de una vida social 'adulta'. Sin embargo, para mí lo más interesante de esta historia es que cuestiona, precisamente, esos términos entrecomillados. ¿Qué es ser adulto, crecer? ¿Qué sería lo sensato? Lo que yo siento es que lo sensato es vivir de acuerdo con los sueños, todo lo que sea posible, como lo más prioritario de un ser humano, sin aceptar la tiranía de las convenciones sociales.  Y eso es lo que hace sufrir a los protagonistas de esta historia. Su lucha en torno a sus sueños. Él, está en un momento en que se plantea renunciar a ellos. Ella, por el contrario, tiene claro que los sueños son lo más importante.




Las escenas están encadenadas unas con otras de manera perfecta, siguiendo el encabalgamiento irregular y desquiciado de sus emociones y sus procesos internos que no acaban de entender, o aceptar. La luz de toda la película es otro factor que refleja su contenido. Una luz caliente y de tonos tierra en las primeras escenas del teatro y en la fiesta en la que se conocen los protagonistas. Luz de ensueño, demasiado luminosa, con todo el brillo del deseo, en las escenas de la casita en la urbanización. Y el acierto en la escena en que se barrunta la impotencia de ella para comprender y actuar, en el bar con los amigos y vecinos. Cuando ella incita ásperamente al vecino que la desea, sin molestarse siquiera en seducirlo, y esa 'infidelidad' triste y desesperada se cuece en un baile juntos, en el que ella baila sin ninguna alegría ni ganas y la música va disminuyendo su volumen hasta desaparecer por completo. En un reflejo exacto de incomunicación. Un baile mudo. 

Es una pena que el cartel de la peli le haga un flaco favor, porque con fines comerciales han querido hacer pasar la película como una historia de amor (tratando de vivir de las rentas románticas de la pareja del Titanic), cuando esta desesperada, áspera historia trata de la identidad, el sentido de la vida, la impotencia, la ceguera, el sentido de la existencia convencional. Y la necesidad de descubrirlo. 

    

1 comentario:

  1. Gracias, me has "metido dentro" de la película con tu manera sencilla, profunda de hablar sobre ella.
    Adelante!

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