miércoles, 24 de septiembre de 2014

Rumble fish ('la ley de la calle') de Coppola

Por Tesa Vigal

Por su camino sin retorno. Por su blanco y negro radical como el rock, arrastrado y melancólico como el blues. Por la figura del chico de la moto (interpretado por un fascinante Mickey Rourke) que, como todos los mitos, es reverenciado en la distancia por los chicos del barrio, pero incómodo e incomprensible cuando regresa y tienen que tratarlo en persona.

Como dice de él el negro con quien juega al billar, es como un príncipe en el exilio de un reino que no es de este mundo. Ya no cree en convenciones sociales, ni en las viejas luchas de barrio que le envolvieron en leyenda. Lo ve todo desde fuera, desde un sentimiento de anhelo, de nostalgia por lo que no acaba de encontrar en lo cotidiano. Por comprender demasiado a los otros, sin poder ya compartir valores. Por la impresión de pertenecer a algo sin nombre que ni siquiera sabe si existe, o es tan sólo un sueño de inadaptado.

Aquí, cuando aún no era conocido ni todavía se le había olvidado, Mickey Rourke hechiza como jamás volvió a hacerlo. para el chico de la moto la vida es: “un televisor en blanco y negro con el volumen bajito”. Y el único color son los peces en el acuario de la pajarería, luchando siempre contra su reflejo en las paredes de cristal de su acuario (así es el título original: Rumble fishs, lucha de peces).


Y el aire legendario de un simple barrio cutre, encarnando el verso de Jim Morrison en la canción de los Doors: “las calles son campos inmortales”. Una desolada atmósfera en la que todos buscan el sentido de algo, al menos de alguna cosa. Ese baile de una chica yonky, dejando salir tímidamente una sensualidad rota… Ese vagar sin rumbo por las calles oscurecidas por sus propios pasos… Una interrogación prolongada a lo largo de toda la historia, que no espera respuesta aunque necesita seguir buscándola.

Su final abierto pero luminoso, cuando el hermano pequeño (Matt Dillon) llega al mar y allí podría suceder cualquier cosa. O quizás es inevitable que todo haya ya cambiado por el simple hecho de haber llegado hasta allí.


Un inolvidable Dennis Hooper, como siempre, dando vida a un personaje secundario intenso, frágil, entrañable, cobarde, abandonado, el padre borracho peculiar que menciona en sus conversaciones a los dioses griegos. Y están también los jovencísimos y desconocidos  Matt Dillon y Nicolas Cage. El primero como el hermano pequeño del chico de la moto. Un adolescente de confusa, conmovedora tristeza. El segundo en un pequeño papel de traidor a ras del suelo, gris y olvidado. Y cómo no mencionar al inefable Tom Waits, ese músico de canciones inclasificables, en un papelito fugaz de camarero. Y a Diane Lane rezumando vida contradictoria, mirada triste, gestos firmes.


Siendo una historia sobre las andanzas de unos chicos de barrio su enfoque es original porque es muy íntimo. Flotando en torno a los hechos de sus personajes, la atmósfera late con su burbujeo interior surgiendo a través de una luz repentina, una mirada sesgada, un silencio inesperado, una escena cotidiana de tiempos muertos, cuerpos moviéndose hacia ninguna parte, o sobre sí mismos. O cuando golpean en un callejón al hermano pequeño dejándolo inconsciente y su alma sale de su cuerpo, flota sobre él contemplando su cuerpo tendido en el suelo, se desliza por el aire hasta pasar sobre la puerta de su novia donde la ve sentada llorando, sobrevuela parte de los tejados del barrio y regresa, lentamente, hasta meterse de nuevo en su cuerpo.

Curiosamente el testigo de esa agresión es un chico cobarde, que no se limita a constatar lo que sucede, sino que huye de ello con su manera compulsiva de escribir en una libreta. Sin embargo, no tendría que ser así. A veces el escribir lo que se ha vivido es más doloroso aún que vivirlo, es una manera de entregarse a ello y explorarlo hasta el fondo, en lugar de evadirse. Pero en esta historia el chaval de la libreta es un contrapunto desesperado.




Por sus sombras tan, tan negras. Sus calles sin salida y su pegajosa condena de gigantesco acuario. Porque Coppola da una vuelta de tuerca y nos muestra qué rara y marciana es, en realidad, la vida cotidiana en las calles. Por su final en el mar. Por diálogos como este: “¿y viste el mar?”, “no sé, California me lo tapó”. 

miércoles, 17 de septiembre de 2014

La memoria es subjetiva, 'Memento' de Cristopher Nolan

Por Tesa Vigal

¡Fuhhhh!... Porque no sólo es de las películas que dejan huella, sino que resiste visiones repetidas, incluso en vídeo. La causa es el tema laberíntico que trata: la mente humana. ¿Hay alguien que dude de que el mundo es fruto de nuestra percepción personal? No sólo la memoria con sus infinitas implicaciones desconocidas, pues hasta la fecha sólo se conocen sus efectos relativos, pero no sus mecanismos conectados directamente con el plano subjetivo, que la convierten en un espejo particular e intransferible de la “realidad”. ¿Porqué una amnesia es total, o parcial, a largo, o a corto plazo?. Esas preguntas remiten a una “elección” individual, relacionadas a su vez con el recuerdo distinto que tienen diferentes testigos de un mismo hecho.  

                                                                  
El protagonista de la historia sólo dispone de diez minutos de memoria reciente, pasados los cuales todo parte otra vez de cero. Sin embargo, guarda memoria de su identidad y del resto de su vida anterior al accidente que produjo su amnesia. Es decir es alguien abocado a vivir sólo el presente más corto e inmediato, lo que en sí mismo sería la forma ideal de vivir por la ausencia total de prejuicios, pero en este caso el pasado remoto sí recordado no sólo condiciona sino que es el único motor del presente. 

Esto da como resultado una visión absolutamente sesgada de la realidad, sin que ninguna nueva experiencia venga a modificar las motivaciones antiguas. Como muy bien dice uno de los personajes ¿de qué le servirá vengarse del hombre que mató a su mujer si no podrá recordarlo?. Hay algo patético y conmovedor en su férrea resolución de creer en los tatuajes, notas y fotos en las que va basando su presente investigador, como si esas fotos y notas no pudieran robárselas, cambiárselas, o simplemente perderlas. Pero él no puede admitir eso, porque supondría renunciar a su vida y al sentido que ha elegido darle.

¿Y no es eso en el fondo lo que hacemos todos?. Elegir sensaciones, emociones, pensamientos, hechos, personas. Datos seleccionados y datos desechados de la realidad, que van conformando nuestro mundo único.  La historia de “Memento” no sólo pone eso de relieve, sino situaciones esenciales que nos condicionan, aunque nos pasan desapercibidas dentro del barullo cotidiano. De pronto (han pasado los diez minutos) se ve corriendo por la calle con una pistola. También ve a otro hombre corriendo como él entre los coches. Y se pregunta: ¿qué estoy haciendo?, ¿persiguiendo a ese hombre?. Y cuando el otro hombre corre hacia él y le apunta con su arma, reconoce que no, que es el otro quien le persigue. Ningún dato más puede surgir de ese momento. Salvo que durante los próximos diez minutos encuentre las notas y las fotos en sus bolsillos, o se desnude y vea los tatuajes sobre su cuerpo. Sólo dispone de ese tiempo cada vez que conoce a alguien para catalogarle como persona, para hacerle una foto y apuntar en ella si es amigo, o enemigo, si puede fiarse de él, o no, o qué tipo de relación (siempre efímera) les une. También seleccionará los hechos y personas dignos de recordar en sus notas y fotos, que podrá destruir después al ritmo de su eterna investigación. Investigación mutable, imposible de abarcar por completo, en la que caben las mentiras de los otros y las propias mentiras, que ayudan a hacer soportable y vivible nuestra vida. Igual que cualquier persona con la memoria intacta, eso es lo inquietante.

Tiene una trama absorbente y milimétrica, de diez en diez minutos fascinantes, que se completan de atrás adelante y de delante hacia atrás, según se desarrollen mientras suceden los hechos, o los reconstruya con sus notas y fotos.

Y la visión de los espectadores-testigos de ese hombre conmovedor, a veces patético, visión desde fuera que no puede llegar a la “verdad” aunque los hechos estén rigurosamente ordenados, es lo más perturbador al ponernos a todos frente a la absoluta relatividad de nuestras vidas.

Película única, de múltiples lecturas, que nos atrapa desde el principio, y al final (ese final ambiguo, sorprendente pero lógico) nos suelta aparentemente, y nos hace salir a la calle preguntándonos como su protagonista ¿qué estoy haciendo aquí?, y ¿dónde puedo ir ahora, cómo y con quién?... Solos, caminando con ese gran enigma que es cada percepción y sus consecuencias interminables.

domingo, 7 de septiembre de 2014

'Al final de la escapada' ('A bout de souffle') de Godard

Por Tesa Vigal

Película imposible de catalogar, con un encanto inolvidable pero turbadora, agridulce, de insólitos diálogos y personajes frescos y auténticos con sus contradicciones a flor de piel. Sin más lejos la última palabra de la película es "asquerosa". Una mirada particular, aparentemente sencilla y, sin embargo, su espontaneidad es como un cofre lleno de recovecos y resortes secretos. De allí salen atajos, rizos, rincones, vueltas de tuerca, callejones sin salida y agujeros negros. Y todo engarzado en un ludismo indómito que es la carta comodín para poder jugar a plena luz y también en la oscuridad.


No es una aventura, sino la actitud aventurera que acompaña a sus dos protagonistas. Jean Paul Belmondo, un ser marginal y seductor, natural y amoral, sincero y en el límite de sí mismo, y sus amores con una chica americana empeñada en descubrir la auténtica naturaleza de sus sentimientos, nada menos, pase lo que pase. Los dos dejan que llegue el viento hasta su cara para responderlo con su aliento. La traducción literal del título de la peli es hasta el último aliento.

La naturalidad perturbadora con que un niño puede sostener la mirada. Y la naturalidad en la interpretación, complementaria con el encanto ambiguo de las escenas amorosas que no suelen salir en las películas, esas que surgen de los diálogos posteriores al sexo, que son los más auténticos aunque se mienta, porque manan del roce inevitable de lo íntimo, lo sexual que los ha precedido.


Historia de un amor imposible, no por intervenir la muerte o cualquier otro tipo de separación exterior, sino por llevar los sentimientos al límite.

Mi favorita es la escena del sombrero compartido donde se fusionan lo sensual, el ludismo, lo mental y lo imaginario. Y el último plano, con Jean Seberg mirando directamente a la cámara con inenarrable expresión. Sus tiempos a contrapelo, su respiración...


Su etiqueta de "nouvelle vague" queda arrinconada, para mí, en el rincón de lo técnico y el limbo de lo clasificatorio. Por cierto, siempre me he preguntado si esta película hubiera sido posible sin el argumento de Truffaut. Como todo lo memorable (ya sea para amarla o para odiarla) desborda etiquetas.


'Apocalypse now' de Coppola no es una película de guerra sino un viaje al corazón de las tinieblas

Por Tesa Vigal

Las situaciones radicales, la guerra por ejemplo, se pueden mirar desde el otro lado del espejo. Pero cuando, además, se vive desde allí se invoca el mundo de la película ‘Apocalypse now’. 


Las valkirias desatadas de Wagner sonando a todo volumen desde los helicópteros yankys. La selva disolviendo fronteras y límites. El viaje en barco de Martin Sheen por el río vietnamita, auténtico río del olvido en busca de un hombre extraño, perdido en su rebeldía (Marlon Brando), perdido en "el corazón de las tinieblas" (el relato de Conrad en que está basada la película). Quien le busca, y acaba encontrándose a sí mismo mirando cara a cara al misterio, está magníficamente interpretado por Sheen. Y aunque la película cambia el escenario de la novela, Vietnam en lugar del Congo, y la época del colonialismo de principios del siglo XX por los años 60-70, la esencia onírica y lúcida del viaje interior está plasmada con respiración portentosa. Tanto la novela inclasificable de Conrad (de quien hablaré en futuras entradas del blog http://www.librosconaliento.blogspot.com) 'el corazón de las tinieblas', como esta película de Coppola quizá pudieran resumir su latido en algunos párrafos del libro: "Le vi abrir la boca desmesuradamente, le daba un aspecto misteriosamente voraz, como si hubiera querido tragarse todo el aire, toda la tierra, a todos los hombres que tenía ante sí (...) El monótono son de un gran tambor llenaba el aire de apagadas sacudidas y de una prolongada vibración. El continuo zumbido de muchos hombres, cantando cada uno para sí algún misterioso conjuro, salía del liso y negro muro del bosque, como sale el zumbido de las abejas de una colmena, y actuaba como un extraño narcótico sobre mis sentidos adormecidos (...) Si tal es la forma de la sabiduría última, entonces la vida es un enigma mayor de lo que la mayoría de nosotros cree".  


Desde las primeras imágenes de un ventilador de aspas, removiendo desde el techo el aire turbador y asfixiante de una habitación de hotel en Saigón, y un hombre haciendo posturas orientales de lucha, solo entre las cuatro paredes, se capta que no se trata de una película de guerra sino de mucho más. De la profundidad misteriosa y la implacable neutralidad de la muerte y cualquier otra circunstancia radical.

De un reino mítico o una tribu proscrita. Cualquiera de las dos cosas sería una aproximación al lugar, fuera del espacio y el tiempo, que un coronel loco y lúcido ha creado en el recodo más lejano del río. Rodeado de gente hipnotizada por su intento de darle sentido al sinsentido, temiéndolo y adorándolo como a la propia vida.


Y no es cualquier viaje por un río exótico... No se habla de antropología, ni de diferencias culturales, ni de peripecias o estrategias de una guerra. Se habla del recorrido interior de los seres humanos que viven una situación excepcional donde los límites son brumosos, o hay que crearlos de nuevo, donde se topan con el sentido de la vida cara a cara con la muerte, donde lo surrealista y lo absurdo se revelan como la capa subterránea de la vida. La vida es un río, como diría Jorge Manrique, “que desemboca en el mar que es el morir”. Aquí el mar es el recodo recóndito donde Marlon Brando vive con su tribu proscrita. Es el misterio del propio vivir, lejos de las supuestas seguridades de lo cotidiano. Cuando el mundo se ha vuelto patas arriba y los cuatro puntos cardinales son seis, 13, o más. Quizás infinitos. Y el arriba y abajo amenazan con devorar si no se está dispuesto a cuestionar, mirar cara a cara, mirar el espejo, mirar a los ojos, perderse en las nubes y en la selva para poder encontrarse de nuevo.


Tratando de hacer el loco dentro de la locura, quizás como los se ponen a hacer surf bajo las bombas en esas playas desconocidas, porque el peligro es una borrachera irracional y la muerte cuestión de suerte, o de destino. O como el tripi de LSD que se toma un soldado y cómo empieza a ver las luces de los bombardeos, el reflejo del agua, las personas que aparecen como manifestaciones del enigma radical que le rodea.Y se escucha a Jimmy Hendrix en cualquier cassette de cualquier soldado, porque es tan importante su música como conservar el arma en la mano: cuestión de vida o muerte. Y uno de los miembros de la tribu sin nombre del coronel Kurtz, el fotógrafo interpretado por Dennis Hopper (abajo foto), trata de reconocer, incluso de entender lo que tiene ante sí antes de fotografiarlo, por lo que apenas saca fotos, a pesar de llevar varias cámaras al cuello colgando como collares simbólicos del sentido de su vida. Personaje que se hace presente, a pesar de sus fugaces apariciones, circulando como el viento entre contradicciones y preguntas perpetuas.


El revoloteo acechante de no saber nunca dónde está escondido el enemigo, que quizás no exista. No reconocer el suelo que se pisa. No ganar ni perder. Caminar alucinado entre inmensas plantas lujuriosas que es la trampa perfecta de un ignorado viaje a ninguna parte.

Es el largo y envolvente tema de "the end" de Jim Morrison, prendiendo fuego al mundo en los títulos de crédito que cierran la película, como un viaje sin retorno.  

sábado, 30 de agosto de 2014

'Arrebato' de Iván Zulueta

Por Tesa Vigal

Volví a verla hace meses en el cine Bellas artes. Y como es una película que me emociona y me turba, me resultó doloroso que a la gente que me acompañaba no le gustara nada. Aunque lo comprendía, porque es una peli de culto y siempre que te ponen algo por las nubes es normal que te decepcione. Además saltan demasiado a la vista algunos elementos de aquella época (la movida de los 80), algunos muy impolíticamente correctos en la actualidad, por ejemplo las drogas. Por todo lo cual mis acompañantes se quedaron con una lectura folclórica, tipo periodístico o así, cuando la peli para mí habla sobre el misterio de lo creativo y de dónde sale.


Así que hice el bobo al sentirme rechazada. Delirante y un mal rollo mío; lo reconozco. De nada sirve esa actitud. También traté de explicar que no se trataba de entenderla. El arte no se tiene que “entender”, aunque es interesante conocer si es posible la visión del artista. Se trata del efecto sobre cada espectador, o lector, todos igual de valiosos porque las diferencias no implican para mí jerarquías, son sólo diferencias. Lo que me interesa es comprender todo lo que pueda cada diferente visión, aunque no la comparta y que se entienda la mía por muy distinta que sea. Ya sé que es difícil, pero sólo el intento ya genera debates interesantes. Lo malo es cuando domina la incomunicación y se descalifica emocionalmente algo que no compartimos.


Lo que viene a continuación es, por lo tanto, mi visión personal sobre la película, lo que a mí me sugiere y las muchas emociones que me produce. 
Es una película tan profundamente original (es decir no sólo en su apariencia) que a pesar de algunas irregularidades o fallos, como por ejemplo su plano final, que pierde el intenso sentido que tenía toda la escena, como si Zulueta no supiera como rematarla, es tanta la intensidad y urgencia del tema tratado (¿la naturaleza de lo creativo…?) que puede con todo lo demás. Y lo perdono y lo rescato porque esa torpeza infantil me trasmite vulnerabilidad, imaginación, hondo buceo, como si el mismo Pedro (interpretado de manera única por Will More, un personaje de la Malasaña de la época) y su ludismo desatado, fuese el autor de esta historia.


Ese remitir constante a una historia dentro de otra, a un tipo de experiencia dentro de otra, ya es por sí mismo significativo del efecto y el motor de esta historia singular.

Un director de cine, en crisis personal y creativa, recibe un paquete que contiene una película y una cinta con la voz de un conocido a quien hace tiempo que no ve. Un chico obsesionado con el cine, mejor dicho con la creación. La esencia de lo creativo, o como él lo llama "la pausa".

En el primer encuentro pregunta al director qué sabe sobre la pausa y ante la expresión interrogativa del otro, y enseñándole un álbum de cromos, le explica que se refiere al  instante eterno en que uno se arrebata, desaparece... A esos momentos, frecuentes en la infancia, en que mirando un cromo puede pasar una mañana entera, la eternidad, porque uno está arrebatado. Pero añade cerrando el álbum: "Bueno, pues nada de recuerditos. Aquí y ahora".

Este es el origen y la meta de esta insólita película que fascina bordeando lo hipnótico: la esencia de lo creativo. Porque cuando se crea se desaparece y el mundo que está siendo invocado se materializa. Uno se conecta a no sé sabe qué y se convierte en un mero instrumento. Sólo (recalco la palabra) con la mente no se crea, quizás conectamos con el deseo (otro misterio), y con el inconsciente personal y colectivo. Pues es de allí de donde surge el arrebato, la inspiración. Creo que el arte no habla de los datos de la vida (de eso se ocupa el periodismo) sino que bucea en su esencia. Recuerdo una frase de Henry Miller hablando sobre la poesía, en concreto respondiendo a la idea limitada que algunos tienen de la poesía como algo que vuelve más “bonita” la realidad: “La poesía no sólo no desvirtúa la realidad sino que habla de su esencia”

         
Hay un paralelismo con la posesión, porque en el arte se completa, o se sustituye una realidad por otra, se invocan mundos. Quién sabe si a veces se materializan, como cuenta la fascinante película de Gonzalo Suárez ‘Remando al viento’, que trata del mismo tema, a partir de la génesis del Frankestein de Mary Shelley, en la reunión con sus amigos los poetas Shelley y Byron y el doctor Polidori, una noche de un verano lluvioso.

Y hay una cámara devoradora, con vida propia, que se pone en marcha cuando quiere, perfecto paralelismo con la inspiración. Y esa cámara interactúa también con lo que filma, que aparte de ser algo vivo (cada vez más fotogramas en rojo en la película que recibe en el paquete) es algo que adquiere vida propia que empieza a relacionarse con su creador. Como en "Remando al viento", donde la criatura creada-invocada (Frankenstein) no sólo se relaciona con su creador dentro de la propia obra (allí una novela), sino fuera de ella, en la vida del artista. La nueva realidad se materializa primero en su interior del artista y luego en el exterior, pero no cuento más para no destripar el argumento de esta segunda película que también recomiendo.

Lo creativo ¿qué relación tendrá con la fuente de lo místico, los sueños…? Todos ellos son profundamente espirituales (que no religiosos, pues la religión es opuesta a lo espiritual porque está basada en dogmas). Y crear no es tener ni pensar en algo, es ser, es invocar. Y sólo se es desapareciendo, dejándose hacer. Crear es dejar materializarse al mundo que quiere surgir, por mucho que lo tengamos pensado previamente, y ese mágico proceso es lo que lo convierte en algo excepcional, independientemente de su tema, incluso cuando éste es en apariencia cotidiano. Crear sería entonces un viaje a través de dimensiones.

La obra artística tiene ese efecto: arrebata a sus receptores igual que a su creador, pero no en todos provoca esa reacción, supongo que tiene que conservarse esa cualidad infantil y no todos la mantienen activa, ni todos los momentos son propicios, aunque de forma más o menos indirecta, todos la añoramos. Y luego está la historia que cada espectador o lector percibe, de manera personal, como una manera infinita de completar lo que creó el artista.
Película inolvidable. El arte me parece cosa de viajeros, no de turistas.

    


sábado, 23 de agosto de 2014

El cine negro, allí en la línea de sombra donde sus personajes están vivos

Por Tesa Vigal


(Dedicado a Lauren Bacall, abajo foto, por su reciente muerte)

Blanco y negro, aunque sea una película en color. Los contrastes de sombra y luz rodean, insidiosa y sutilmente, a los personajes del cine negro cuya seña de identidad quizás sea la del título. Personajes vivos, a diferencia de historias metidas en el género thriller que sólo ofrecen una acción vacía. 


Hay historias de cine negro en cualquier década. Pero todas tienen ese claroscuro que penetra hasta los huesos, sin que te des cuenta de ello hasta que sus historias de piel, y otras fronteras, empiezan a oler a leyenda.

El mundo en que se mueven es cortante y hondo. Gente ambigua y solitaria frente a la barra de cualquier bar, como en un cuadro de Hopper. Y de pronto todo estalla, confundido y radical, en acciones con peso y con fuente, a menudo extremas, en ese universo brumoso entre lo legal y lo diferente, lo inadaptado, lo peculiar. Pero es una inadaptación asumida, sirviendo siempre a un sueño absorbente. En la última escena de 'El halcón maltés' (la primera película de John Huston), un policía pregunta al detective interpretado por Bogart sobre el material de la estatuilla de halcón perseguida por todos y nunca conseguida. Y Bogart acaricia la estatua y responde: "del material del que están hechos los sueños" (abajo foto).


A través de su acción surge a borbotones lo íntimo, lo sutil, lo poético, lo rebelde. No hay personajes sencillos, por muy directos que sean sus gestos. Y las relaciones participan también de esa complejidad y de esa guerra interior, que suele condenarlas de antemano.

Gentes arrastradas por una vida hostil, en perpetua lucha contra una sociedad o una situación personal que les presiona, o les amenaza, empleando para ello todos los medios al alcance de su código personal. Seres que nunca se resignan. Pueden ser en apariencia débiles o perdedores, pero su interior sigue persiguiendo sus sueños hasta el final. Aunque ese final puede ser la muerte. Aún así morirán vivos. No siempre se logra.

Se trata de la vida en constante desafío, sin conformarse con las pequeñas gratificaciones que la sociedad concede. Sin admitir sustituciones, aunque eso suponga, a veces, el péndulo de todo o nada. En ocasiones, ese sueño de libertad encierra la cruel contradicción de contener en germen los valores que quieren dejar atrás, dejando una estela de actitud desgarrada.


En algunas de sus historias se habla de personas para las cuales triunfar es sinónimo de ser libres, más allá de perder o ganar. Por ejemplo el conmovedor y furioso James Cagney en 'Al rojo vivo' de Raoul Walsh, con su impresionante y esperpéntica escena final: "¡Soy el rey del mundo!" grita, rodeado de llamas, a punto de morir. Y lo es porque acepta todas y cada una de las consecuencias de la vida que ha elegido vivir. 

Como el protagonista de 'El buscavidas', de Robert Rossen, con una mítica interpretación de Paul Newman. Una de las películas más tristes, sobrias, íntimas, ásperas y bellas de la historia del cine. 

O Bogart en 'El último refugio', de nuevo de Raoul Walsh.


Ser ellos mismos, sin concesión alguna. ¿Para qué vivir sino...? Y es que Bogart es un punto y aparte en el cine negro. Nadie mejor que él interpretando la melancólica ironía del detective Marlowe en 'El sueño eterno', de Howard Hawks. Basada en una novela del irrepetible Raymond Chandler, en la que no importaba tanto lo que sucedía sino todo lo demás. En una de sus frases más representativas (no recuerdo a cuál de sus novelas pertenece) alguien le dice al detective Marlowe: "No me gustan sus modales" y él responde: "No se preocupe, no están en venta". Película con uno de los finales más sugerentes y bruscos. Dos personajes (Bogart y su memorable pareja Lauren Bacall) se encuentran en una casa, con un cadáver, asediados por otros que disparan fuera, con una sirena de policía acercándose. Y sin tener nada que ver, en realidad, con ninguna de las tres cosas. Y la escena se corta de pronto, en medio de esa acción. Fin. Porque esa acción no era lo importante, sino su pertenencia a una tierra de nadie. 
'El buscavidas'

Ese sobrio detective esperando en su perdido despacho, tratando de mantenerse al margen de la mezquindad que le rodea, o de las motivaciones de aquellos que le contratan. Buscando la luz en la oscuridad.

Personajes apasionados cuya vida se desborda en gestos sensuales, contradictorios o a contrapelo. En sus miradas intensas y sus sentimientos profundos. Por eso a aveces se mueven lenta, parsimoniosamente, cuando la vida borbotea en su interior, contenida hasta el momento de expresarse en un gesto. Es la forma fascinante, lenta y densa, de Lauren Bacall encendiendo un cigarrillo en 'Tener y no tener'. En ese segundo, pasado por alto como algo nimio por otros personajes, se concentran todos sus sentidos, ideas y deseos.

Es Faye Dunoway interpretando a la atormentada e inquieta Bonnie de 'Bonnie and Clyde', de Arthur Penn, en los 60. En esa escena en su habitación, moviéndose por ella desnuda, sintiéndose enjaulada. Y es Clyde  (Warren Beatty) sintiendo que le pide más a la vida, oscilando entre la ingenuidad y el miedo, la furia exacta y la ternura, sin lograr saber nunca qué es aquello que pide. La peripecia de la pareja será una búsqueda constante. Basada en la pareja real que vivió y murió acribillada en los años de la gran depresión. 


O el personaje de William Hurt en 'Fuego en el cuerpo', de Lawrence Kasdan, en los 80. Cuando sabe que si elige relacionarse con Katherine Turner será para abandonar para siempre una vida cotidiana carente de sentido. Esa inolvidable escena, mirándose ambos a través de las ventanas de la casa con las luces encendidas... 

Aunque ese tipo de elección va un poco más allá en 'Perdición' -'Double indemnity'- del inmenso Willy Wilder, que en esta historia de espesa tristeza y desafíos personales cuenta el encuentro que pone en marcha toda una exploración de los propios límites personales. Un reto privado, porque la mujer que baja las escaleras con una pulsera en el tobillo está claro que es alguien muy especial (de algunas de estas pelis y de ésta en concreto hablé en la revista wakan de mapas imaginarios. En este blog irán apareciendo los textos rescatados).


El cine negro es fronterizo, por dentro y por fuera. En esta última década vi otra peli que de nuevo roza este universo: 'Brick', una película independiente de Rian Johnson, protagonizada por un detective adolescente, en realidad, un estudiante de instituto encarnado por Joseph Gordon Levitt. Una historia de atmósfera inquietante y sutil, cuyo punto de arranque es la búsqueda de un amor perdido (foto abajo).

'Brick'
Bonnie and Clyde














Acabaré con dos frases de Bogart, el de la mirada triste de ironía lúcida: "Puedo ser tu amigo o tu enemigo, todo depende de que pueda seguir siendo yo mismo". Y la que le dijo a una periodista, poco antes de morir: "Puedes decir que ya estoy preparado para tomar mi última copa".       

sábado, 16 de agosto de 2014

Blade runner: sueño y naturaleza ¿qué es lo realmente humano?

Por Tesa Vigal

Cuando la atmósfera no sólo existe, sino que es protagonista, transmitiendo un río de sensaciones, es síntoma de que la historia está viva. Cuando eso sucede en películas de género, sobrepasándolo, el resultado suele ser tan profundo como insólito. Sobre todo, frente a las películas basadas en el bobo alarde de efectos especiales, con argumentos y personajes planos, o inexistentes. Justo lo contrario de 'Blade runner'.  

Esta película de Ridley Scott es un caso aparte. Y los replicantes (seres genéticamente "perfectos") también. Como Frankenstein se escapan de las manos de su creador, porque el intento de implantarles una falsa memoria es la torpe y patética manera de eludir los efectos de los "avances" científicos. Sólo se puede investigar, o crear algo partiendo de su hondura, nunca de las capas más prácticas y superficiales. Esto se aplica a la ciencia, al arte y a la gente. Y esto empapa, flota sobre esta historia. El misterio de la vida y el pavoroso enigma de su diversidad laberíntica, cayendo imparable como la lluvia sucia, sobre las calles de Los Ángeles en el 2019. Hermanando a perseguidores y perseguidos con la eléctrica sobriedad del mejor cine negro.

La zona de Los Ángeles es bastante seca. Sin embargo, en el año de la historia, 2019, llueve incesantemente sobre sus calles abarrotadas. Pero sus habitantes parecen más melancólicos que esa lluvia brumosa, o perfilada como finas agujas de cristal. Y la luz no viene de ninguna parte, como si todo tuviera su propia luz-oscuridad. 

Es una película íntima, poética, inquietante. Ya desde las primeras imágenes te mete, sin avisar, en su poderosa atmósfera emotiva, en el misterio de las fronteras de la vida, atrapando con su directa, honda emotividad.

Una ciudad no demasiado futura, barroca, de luces calientes y oscuras, construcciones piramidales, cielo sucio siempre metálico y húmedo, edificios casi rozándose como bordes de un desfiladero urbano de altura vertiginosa, salpicada de enormes anuncios de neón que sonríen al vacío, donde se habla un idioma mezcla de inglés, español, chino y holandés. Un idioma nuevo tan viejo y carcomido como sus construcciones. Todo parece mordido por el cansancio del tiempo. Los humanos también. Quizás más. Es una ciudad atestada, cada vez más llena de objetos en las calles, en las casas, en el aire. 

Hay un personaje gótico, fronterizo, conmovedor, Sebastian, creador de muñecos mecánicos y diseñador genético de los replicantes. Vive solo en un edifico desierto, aunque las clases acomodadas hace tiempo que abandonaron la Tierra para vivir en las colonias espaciales, y padece una enfermedad degenerativa que le hace envejecer rápidamente. Parece tener más de cincuenta cuando sólo tiene 24. Vive en contacto íntimo, por todo ello, con el vértigo del tiempo y las fronteras de la vida.

En una escena, cuyo silencio parece cantar con la sugerente, hipnótica música de Vangelis, el protagonista Deckard (Harrison Ford) se asoma a la terraza de su apartamento para contemplar la ciudad. Esa ciudad con cierto aire a la 'Metrópilis' de Lang, pero cálida y densa, con olor a comida china. Contemplar los anuncios de neón con el rostro de una chica oriental sonriendo al vacío, los coches-naves de la policía sorteando los edificios silenciosamente. Contemplar la lluvia metálica y contemplar el trabajo que está haciendo: buscar y matar ("retirar" según la palabra oficial) a replicantes (seres de carne y hueso, genéticamente programados), sintiendo cada vez que lo hace que está asesinando a un ser vivo, y quizás más íntegro, lúcido y sensible que los humanos que lo crearon.  Como dice, irónicamente, un replicante a Harrison Ford en una pregunta sin respuesta: "¿No eres tú el bueno, el hombre bueno?". 

Una atmósfera hondamente melancólica, fascinante, en el filo de la navaja de una inevitable lucidez. Atmósfera de cine negro, reconocida por el propio Scott al mencionar la semejanza del protagonista con el sobrio y desencantado detective Philip Marlowe de las novelas del gran Chandler. Ante las fronteras de lo humano. Ni siquiera los creadores de los replicantes conocen el alcance y naturaleza de esos seres genéticamente perfectos, planificados al detalle, que se les escapan de las manos. Seres que se rebelan y también revelan, igual de emotivos y misteriosos que los humanos, pero más enigmáticos, más auténticos por su entrega a la búsqueda del sentido de sus vidas. Y su duración. ¿De dónde vengo, cómo y cuánto voy a vivir...? Seres incómodos, que colocan ante los humanos el viejo y turbador misterio de la vida. Los replicantes no sólo piensan, sienten y deciden, sino que además sueñan. Esta película es una larga, sinuosa y abierta respuesta a la pregunta-título de la novela de Philip K. Dick (para mí muy, muy inferior a la película) '¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?'. Blade runner es una respuesta entera al invocar un mundo por completo, no sólo mental como la novela, que por eso no invoca nada, carece de atmósfera, no conmueve, se olvida al poco de leerla, no está viva. Al menos esa fue mi impresión, por desgracia.

Pero existe la película. Y esa escena memorable, con el monólogo poético, digno de Shakespeare, del replicante ante la mirada atónita y rendida de admiración de un Harrison Ford derrotado. Cuando recuerda que su vida se perderá "como lágrimas en la lluvia". Y con toda la digna sobriedad de un alma de indio sioux, acaba murmurando: "es hora de morir".