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viernes, 12 de agosto de 2016

Bajo lo cotidiano: 'Blue velvet' de David Lynch

Por Tesa Vigal

Desasosegante. Película especialmente turbadora porque habla del lado oculto y oscuro, pero de lo cotidiano. Precisamente. Lo cotidiano, que suele presentar una cara tranquilizadora, supuestamente segura, rutinaria, políticamente correcta, a veces hasta el punto de caer en lo edulcorado. Esa  imagen de un bombero saludando sonriente con la mano.

Esa es una de las imágenes que abren la película con colores pastel, limpios, casi asépticos. Pero enseguida la cámara busca un primer plano del suelo de un jardín y allí entre la hierba vemos unos insectos: el ser más alejado del ser humano, por su aspecto “monstruoso” y su temible comportamiento mecánico, frío, algunos con la frialdad del metal y también su rigor implacable.

Poco después, el protagonista Jeffrey (Kyle MacLachaln) encuentra, también entre la hierba, como un producto más de la enigmática tierra, una oreja cortada que apunta, como los insectos, a situaciones violentas, desconocidas, a motivos oscuros, a consecuencias imprevisibles.

Constantemente están en juego las dos dimensiones. La “normal” está representada por la pareja joven de ingenuos y buenos chicos. Y la oscura, representada por Frank (Dennis Hopper), origen y catalizador de la violencia y revelador de sentimientos desconocidos ante su simple presencia. Sobre todo bajo el efecto perturbador que rezuma cuando se pone una mascarilla de oxígeno para respirar bien, o mejor dicho para desear bien, porque cada vez que se la coloca su excitación crece con su respiración, igual que ésta se agita rítmicamente en el acto sexual. Y por su actitud teatral en el sexo y la violencia, que llega a lo ritual remitiendo a los inclasificables ritos-juegos-motivos infantiles. Vistos desde fuera pueden resultar grotescos, vividos desde dentro su hondura puede llegar a ser explosiva.

El nexo de unión entre ambas dimensiones es la canción de los 50 de Bobby Vinton, que da título a la película y que se revela profundamente ambigua: suave como el terciopelo, sugerente como lo desconocido. También el personaje protagonista femenino (Isabella Rossellini), ya que por un lado actúa de manera sensible y por otro tiene asumido su propio lado oscuro.

David Lynch
Es evidente que toda la obra de Lynch está encaminada a investigar el misterio de la vida, el inconsciente, lo imaginario (en lo que se asemeja a Buñuel), la naturaleza del mal, lo misterioso, lo absurdo. En frase del propio Lynch: “en la vida amo lo absurdo sobre todas las cosas”. En boca de Jeffrey: este es un mundo muy extraño”. Y en boca de Frank: “está oscuro...”.

Desde la oscuridad de un armario, donde se esconde, espía Jeffrey a la protagonista. Desde el otro lado de lo cotidiano acecha lo desconocido tras su fachada. También desde la oscuridad de una calle nocturna aparece de repente desnuda Isabella Rosellini, siendo una de las imágenes que más llenan de zozobra porque la imagen no resulta erótica (la piel tiene aspecto ceniciento, la carne parece magullada, su movimiento torpe, desamparado) sino vulnerable, desafiante, cruda, áspera. Es decir apunta en realidad hacia el desnudo interior, el más difícil y raro, frágil, molesto.

Y la llama de una vela oscilando violentamente, como un símbolo-resumen de toda la historia. Y el beso ambiguo de Frank con los labios pintados a Jeffrey, antes de darle una paliza. Ambiguo porque en el fondo se enfrentan cara a cara dos lados del ser humano. Cada uno tiene lo que le falta al otro (es su doble). Ambiguo porque implica reconocimiento y traición, acercamiento y violencia. Frank invita a Jeffrey a “soñar juntos”.

El joven ingenuo acabará descubriendo en sí mismo la fascinación por el lado oculto de la vida, del sexo, descubriendo dentro de él una violencia hasta entonces ignorada. Es por tanto también un viaje interior desde la luz limpia y coloreada del jardín del principio, hasta la luz agobiante y sombría del apartamento de ella, donde el relieve de los objetos se difumina aunque sin embargo se hacen más hirientes los perfiles.

Y las imágenes finales vuelven a ser ambivalentes. La dulzura de una madre con su hijito recobrado, pero frente a ellos, en el alfeizar de la ventana, se ve posado a  un pajarito comiéndose un insecto. El misterio implacable sobre el que sólo se preguntan los más sensibles, los más sinceros, los que piden más a la vida.

Podría decir más sobre ella pero para hacerlo tendría que contar más de su trama. Mejor acabo con una frase sabia, impresionante de Lao Tsé (me lo imagino pronunciándola con enigmática sonrisa):
“Aquel que prefiriendo la luz,
Prefiere también la oscuridad
Es continuamente, sin fin,
La morada de la creación”.

       

viernes, 6 de mayo de 2016

Out of the blue de Dennis Hopper

Por Tesa Vigal

Según el propio Dennis Hopper, protagonista y director de esta película de aliento desesperado, es una ojeada a la vida de su personaje en la mítica Easy Ryder (también escrita y dirigida por él), quince años después. Y está inspirada en la canción de Neil Young del mismo título, cuyos primeros versos dicen: “el rock and roll está aquí para quedarse / es mejor quemarse / que desvanecerse”.

Un hippy con un periplo marginal que ha incluido visitas a la cárcel, refugio en el alcohol, y una compañera amorosa tan problemática como él, ambos con esa aureola mitad conmovedora, mitad irritante, que envuelve a los seres soñadores que caminan torpemente por la sociedad y son vapuleados por ella con demasiada frecuencia, tienen una hija adolescente que sigue los pasos rebeldes de sus padres. Por lo tanto su rebeldía es doble y desesperada. 

Linda Manz (actriz de poderoso magnetismo y de corta carrera en el cine) la encarna con un brillo de melancolía rabiosa, de pureza salvaje, de hondura sin concesiones porque ya no se trata de liberarse de convenciones sociales, como hicieron sus padres, sino de ir más allá, y tratar de liberar el alma.


Utopía no es sinónimo de ilusorio, sino de ideal lejano, más aún en tiempos en los que reina la apariencia, el consumismo, el tener y el parecer en lugar de ser, cuando prevalece lo políticamente correcto, o la preocupación por el aspecto físico, adorando marcas o tecnologías, 0 cuando se persiste en la destructiva actitud amorosa de considerar una propiedad  al objeto amado (con todo el arsenal conservador que eso implica).

La adolescente protagonista de esta historia, en plena época punk, ama a Elvis no sólo como a un pionero, sino por esa canción que escucha constantemente: “el hotel de los corazones rotos”. A continuación parte de lo escribí en la revista “Mandrágora y el Pirata” cuando se estrenó aquí la peli, en el 82, en el cine Alphaville de Madrid (hoy Golem), incluyendo una tertulia posterior en el café del cine con un conmovedor Dennis Hopper pasado de botella:

De cuero negro y mirada alerta, princesa exiliada, tú y yo sabemos lo que significa la muerte de una sonrisa. Cuando nos piden fiesta y amable compañía suele ser una amenaza lo que flota en el aire, así que nos pusimos las botas altas y abandonamos eso que llamaban hogar sin serlo. Creo que pensaban que ser dulces y encantadoras implicaba sumisión y vacío, por eso nunca entendieron nuestro sentido del humor, ni el corazón en la mano cuando ofrecíamos nuestra amistad. Entonces les revelamos nuestros ojos más limpios, nuestra voz rota, nuestra fragilidad, los silencios más profundos y la diferencia entre fidelidad y lealtad. Pero de nada sirvió, no era eso lo que les interesaba. Buscaban trofeos sin alma, o escudos contra su oscuridad. En cualquier caso el miedo les hizo recular disimuladamente. Y nosotras no quisimos volver a equivocarnos y guardamos nuestros sueños para quien los mereciera. Nadie dice que sean fáciles de entender y aunque estuvimos a punto de escupir en nuestras huellas, fueron otros los que finalmente lo hicieron.


Nunca tuvimos nada que ver con intrusos, sólo el roce imprescindible para pasar de su falso consuelo, ese que suele ir acompañado de doradas palabras de admiración, pero vacías como las monedas falsas, o los formalismos.

Responderemos con acero a los dedos de falsa suavidad. Pero seguiremos buscando las puertas de entrada y salida porque jamás supimos doblegarnos, pequeña triste, y seguimos siendo tan salvajes como los caballos indómitos y los poetas verdaderos. Pensándolo bien no me extraña que parezca excesivo; a ti, pequeña triste, y a mí también nos asusta, pero no podemos remediarlo.

Mueven sus torpes gestos tratando de parecer lo más conveniente y así se acercan, pero no para querernos, pequeña mía, sino para no desnudar su alma. Cualquier cosa con tal de no mirar el fondo de tus ojos. No, la vida no nos sorprende aunque siga intacta nuestra imaginación, nuestro asombro. Por eso nos cuidaremos bien, abiertas con serena firmeza. Montaremos en flexibles guitarras porque ahí sigue latiendo el corazón, porque ellas hablan el lenguaje de la intimidad sin barreras. Y seguiremos caminando con las manos al viento, hasta el final. Porque la libertad es la fuente del amor y el amor nuestro eterno compañero. Ser malinterpretado le sucede a cualquiera, pero siendo uno mismo ya no duele, lo que permanece es la reconfortante libertad con su dulce, sereno, entero sabor.

Dos versos de Lou Reed: “Los vagabundos como nosotros hemos nacido para jugar”. Y “amores legendarios me persiguen en sueños”.

domingo, 7 de septiembre de 2014

'Apocalypse now' de Coppola no es una película de guerra sino un viaje al corazón de las tinieblas

Por Tesa Vigal

Las situaciones radicales, la guerra por ejemplo, se pueden mirar desde el otro lado del espejo. Pero cuando, además, se vive desde allí se invoca el mundo de la película ‘Apocalypse now’. 


Las valkirias desatadas de Wagner sonando a todo volumen desde los helicópteros yankys. La selva disolviendo fronteras y límites. El viaje en barco de Martin Sheen por el río vietnamita, auténtico río del olvido en busca de un hombre extraño, perdido en su rebeldía (Marlon Brando), perdido en "el corazón de las tinieblas" (el relato de Conrad en que está basada la película). Quien le busca, y acaba encontrándose a sí mismo mirando cara a cara al misterio, está magníficamente interpretado por Sheen. Y aunque la película cambia el escenario de la novela, Vietnam en lugar del Congo, y la época del colonialismo de principios del siglo XX por los años 60-70, la esencia onírica y lúcida del viaje interior está plasmada con respiración portentosa. Tanto la novela inclasificable de Conrad (de quien hablaré en futuras entradas del blog http://www.librosconaliento.blogspot.com) 'el corazón de las tinieblas', como esta película de Coppola quizá pudieran resumir su latido en algunos párrafos del libro: "Le vi abrir la boca desmesuradamente, le daba un aspecto misteriosamente voraz, como si hubiera querido tragarse todo el aire, toda la tierra, a todos los hombres que tenía ante sí (...) El monótono son de un gran tambor llenaba el aire de apagadas sacudidas y de una prolongada vibración. El continuo zumbido de muchos hombres, cantando cada uno para sí algún misterioso conjuro, salía del liso y negro muro del bosque, como sale el zumbido de las abejas de una colmena, y actuaba como un extraño narcótico sobre mis sentidos adormecidos (...) Si tal es la forma de la sabiduría última, entonces la vida es un enigma mayor de lo que la mayoría de nosotros cree".  


Desde las primeras imágenes de un ventilador de aspas, removiendo desde el techo el aire turbador y asfixiante de una habitación de hotel en Saigón, y un hombre haciendo posturas orientales de lucha, solo entre las cuatro paredes, se capta que no se trata de una película de guerra sino de mucho más. De la profundidad misteriosa y la implacable neutralidad de la muerte y cualquier otra circunstancia radical.

De un reino mítico o una tribu proscrita. Cualquiera de las dos cosas sería una aproximación al lugar, fuera del espacio y el tiempo, que un coronel loco y lúcido ha creado en el recodo más lejano del río. Rodeado de gente hipnotizada por su intento de darle sentido al sinsentido, temiéndolo y adorándolo como a la propia vida.


Y no es cualquier viaje por un río exótico... No se habla de antropología, ni de diferencias culturales, ni de peripecias o estrategias de una guerra. Se habla del recorrido interior de los seres humanos que viven una situación excepcional donde los límites son brumosos, o hay que crearlos de nuevo, donde se topan con el sentido de la vida cara a cara con la muerte, donde lo surrealista y lo absurdo se revelan como la capa subterránea de la vida. La vida es un río, como diría Jorge Manrique, “que desemboca en el mar que es el morir”. Aquí el mar es el recodo recóndito donde Marlon Brando vive con su tribu proscrita. Es el misterio del propio vivir, lejos de las supuestas seguridades de lo cotidiano. Cuando el mundo se ha vuelto patas arriba y los cuatro puntos cardinales son seis, 13, o más. Quizás infinitos. Y el arriba y abajo amenazan con devorar si no se está dispuesto a cuestionar, mirar cara a cara, mirar el espejo, mirar a los ojos, perderse en las nubes y en la selva para poder encontrarse de nuevo.


Tratando de hacer el loco dentro de la locura, quizás como los se ponen a hacer surf bajo las bombas en esas playas desconocidas, porque el peligro es una borrachera irracional y la muerte cuestión de suerte, o de destino. O como el tripi de LSD que se toma un soldado y cómo empieza a ver las luces de los bombardeos, el reflejo del agua, las personas que aparecen como manifestaciones del enigma radical que le rodea.Y se escucha a Jimmy Hendrix en cualquier cassette de cualquier soldado, porque es tan importante su música como conservar el arma en la mano: cuestión de vida o muerte. Y uno de los miembros de la tribu sin nombre del coronel Kurtz, el fotógrafo interpretado por Dennis Hopper (abajo foto), trata de reconocer, incluso de entender lo que tiene ante sí antes de fotografiarlo, por lo que apenas saca fotos, a pesar de llevar varias cámaras al cuello colgando como collares simbólicos del sentido de su vida. Personaje que se hace presente, a pesar de sus fugaces apariciones, circulando como el viento entre contradicciones y preguntas perpetuas.


El revoloteo acechante de no saber nunca dónde está escondido el enemigo, que quizás no exista. No reconocer el suelo que se pisa. No ganar ni perder. Caminar alucinado entre inmensas plantas lujuriosas que es la trampa perfecta de un ignorado viaje a ninguna parte.

Es el largo y envolvente tema de "the end" de Jim Morrison, prendiendo fuego al mundo en los títulos de crédito que cierran la película, como un viaje sin retorno.