Mostrando entradas con la etiqueta Jean Seberg. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Jean Seberg. Mostrar todas las entradas

miércoles, 13 de enero de 2016

'La leyenda de la ciudad sin nombre', de Joshua Logan

Por Tesa Vigal

Una ciudad naciendo desde cero, y unas relaciones afectivas también planteándose desde cero. Cómo pueden ser, qué son y qué implican, más allá de las convenciones imperantes, en ausencia de la supuesta seguridad que ofrecen y de su efecto culpable. Y una vez cuestionadas las convenciones, enfrentarse a la esencia afectiva, con toda la complejidad laberíntica del ser humano. 

Una mujer, que antes fue una de las dos esposas de un mormón, entabla relaciones amorosas con dos hombres del campamento de buscadores de oro, a donde llega. El resto, como diría un blues, es seguir el hilo de su corazón. Queremos de manera distinta a cada persona que queremos, porque somos diferentes. Algo natural que, en ocasiones, puede llegar a crear una situación de afectos complementarios, rechazada por la sociedad. Cuando los dos hombres implicados le piden que elija entre ellos, ella se niega porque afirma que les quiere a los dos. Así comienza una encantadora, sugerente y anticonvencional historia de amor a tres bandas, consentida y disfrutada por los tres, con los “maridos” turnándose en la cama de su mujer, hasta que la llegada de colonos más conservadores y religiosos acaba con esa situación idílica. Bajo su influencia, ella se ve arrastrada a elegir, haciendo suya la actitud de los conservadores como si no hubiera más remedio, transmitiendo una turbada melancolía. ¿De verdad es imposible? ¿O sus obstáculos son, a su vez, productos culturales?

Si las películas del oeste hablan, básica e indirectamente, del origen de la moral y las leyes, del principio social que aglutina la convivencia de las personas, de ese lugar fuente, fronterizo, en el que los seres humanos se encuentran solos frente a sí mismos y frente a los demás, ‘La leyenda de la ciudad sin nombre’ (por una vez el título con el que se exhibió en España me parece más apropiado y sugerente que el original en inglés: ‘Paint your wagon’) lo hace doblemente, porque trata el tema de manera directa, esa es una de sus peculiaridades. 

En ausencia de leyes exteriores se está frente a uno mismo, puede escucharse a nuestro corazón, descubrir quiénes somos y cuáles son nuestros valores. O puede no hacerse, porque el cara a cara implica libertad y la libertad da mucho miedo, supone además aceptar las consecuencias de nuestras decisiones y, por tanto, impide echar balones fuera y culpar al exterior. Además, mirarse a uno mismo es un reto. Pueden derrumbarse imágenes personales, personajes con los que caminábamos, con más o menos convicción, para buscar una falsa seguridad, o directamente algún refugio. En esta historia, la relación a tres bandas fracasa por la contradicción culpable de ella, influida por la moral de los granjeros puritanos que no concibe más relación afectiva que la establecida por la religión, y por la actitud de uno de los hombres basada en la propiedad. Cuando en un momento dado reconoce que siempre sintió que  ella pertenecía al otro y, en el fondo, no podía compartirla. Y este es, para mí, uno de los temas más fascinantes y laberínticos porque apuntan a la esencia de las relaciones amorosas. Si su base es la libertad y sus elecciones, sería incompatible relacionarse con una persona sintiéndonos propietarios de ella. Nadie es propiedad de nadie, el afecto es libre o no existe, por lo tanto el tema de los celos ¿no sería más bien una cuestión de inseguridad, de orgullo...? Porque aquí se vuelve a rozar el hecho de que no puede quererse a nadie de la misma manera, por lo tanto, nadie puede quitar "el sitio" a nadie. Incluso ese término apunta al deseo, tan humano, de que nos quieran, pero eso nunca puede estar bajo ninguna obligación. Creo que la obligación y el amor son incompatibles.

Lo de menos es que tenga algo del género musical, aunque algunas canciones me sobran, pero contiene una tan maravillosa como la de “Estrella errante”, cantada, susurrada, con la voz rota de Lee Marvin. Las canciones, aún así, no rompen la trama ni el rimo de la historia. La complementan de manera enriquecedora y son secundarias en ella. Me quedo con algunas de las letras, apuntando a la libertad del viento. Y una frase de Lee Marvin, cuando alguien le dice que hay gente que se va y otros que se quedan. Él opina que más bien hay gente que va a alguna parte y otros que no van a ninguna.  

Tres protagonistas con carisma de la talla de un joven Clint Eatswood (El socio, de quien no se conoce el nombre hasta el final), Lee Marvin y la inolvidable protagonista de “Al final de la escapada” de Godard, Jean Seberg. Una de esas historias rompedoras propia de la década de los 60 y 70. Sin ir más lejos, Truffaut contó una historia semejante de amor a tres bandas, aunque con desenlace dramático: “’Jules et Jim’, de la que también he hablado en este blog. No es una peli redonda sino desigual y, sin embargo, tiene para mí un atractivo irresistible. Porque dan ganas de completarla y continuar metido en ella. Con esos jinetes cabalgando por ahí, a la aventura, y fundando una ciudad sin nombre ni ley.

Especial por su infinita nostalgia de una posible edad de oro siempre amenazada y siempre latente.
El paso de una situación libre a otra castradora, malamente civilizada, viene dada por el contraste entre la escena en que ella paseando por el pueblo responde sonriente al saludo de un vecino: “¿Qué tal sus maridos?”, y la llegada de los colonos conservadores, que llegan arrastrando sus dogmas sociales. Les acogen temporalmente en su casa y, claro, las miradas sospechosas y sin comprender la presencia de dos hombres en la casa, afectan su libre relación a tres, obligándolos a fingir que sólo uno de ellos es el marido.

Como los nuevos pobladores han venido para quedarse, tiene que acabar definitivamente su libre, afectivo amor. Y me sentí triste, como los otros dos, cuando uno de ellos opta por dejar el pueblo. No sólo porque se va uno de los tres, sino porque supone el final de un sueño de libertad, de un afecto y sexo inocentes, sin etiquetas. Y te pones a soñar con todo eso y, aunque no soñaras, seguiría calándote su huella abundante, deliciosa, sugerente, libre, escurridiza.

domingo, 7 de septiembre de 2014

'Al final de la escapada' ('A bout de souffle') de Godard

Por Tesa Vigal

Película imposible de catalogar, con un encanto inolvidable pero turbadora, agridulce, de insólitos diálogos y personajes frescos y auténticos con sus contradicciones a flor de piel. Sin más lejos la última palabra de la película es "asquerosa". Una mirada particular, aparentemente sencilla y, sin embargo, su espontaneidad es como un cofre lleno de recovecos y resortes secretos. De allí salen atajos, rizos, rincones, vueltas de tuerca, callejones sin salida y agujeros negros. Y todo engarzado en un ludismo indómito que es la carta comodín para poder jugar a plena luz y también en la oscuridad.


No es una aventura, sino la actitud aventurera que acompaña a sus dos protagonistas. Jean Paul Belmondo, un ser marginal y seductor, natural y amoral, sincero y en el límite de sí mismo, y sus amores con una chica americana empeñada en descubrir la auténtica naturaleza de sus sentimientos, nada menos, pase lo que pase. Los dos dejan que llegue el viento hasta su cara para responderlo con su aliento. La traducción literal del título de la peli es hasta el último aliento.

La naturalidad perturbadora con que un niño puede sostener la mirada. Y la naturalidad en la interpretación, complementaria con el encanto ambiguo de las escenas amorosas que no suelen salir en las películas, esas que surgen de los diálogos posteriores al sexo, que son los más auténticos aunque se mienta, porque manan del roce inevitable de lo íntimo, lo sexual que los ha precedido.


Historia de un amor imposible, no por intervenir la muerte o cualquier otro tipo de separación exterior, sino por llevar los sentimientos al límite.

Mi favorita es la escena del sombrero compartido donde se fusionan lo sensual, el ludismo, lo mental y lo imaginario. Y el último plano, con Jean Seberg mirando directamente a la cámara con inenarrable expresión. Sus tiempos a contrapelo, su respiración...


Su etiqueta de "nouvelle vague" queda arrinconada, para mí, en el rincón de lo técnico y el limbo de lo clasificatorio. Por cierto, siempre me he preguntado si esta película hubiera sido posible sin el argumento de Truffaut. Como todo lo memorable (ya sea para amarla o para odiarla) desborda etiquetas.