viernes, 12 de diciembre de 2014

'El buscavidas' (the hustler) de Robert Rossen: la falacia de ganar o perder

Por Tesa Vigal

¿Es ganar depender del poder, entregándole así la victoria?, ¿o ganar es renunciar a futuras victorias a cambio de libertad?

Su sombrío y sucio blanco y negro (ya en la época de todas las películas en color por sistema) es uno de los muchísimos detalles que abarrotan la película, señalándola como algo rabiosamente personal. Tan personal como su director Robert Rossen, que también rodó otra película especial: 'Lilith'. Habla de lo esencial en el cine negro: lo fronterizo. Todos sus personajes lo son, arrastrando con ellos toda su especial carga de ambigüedad,  inocencia o perversión, inadaptación,  valores propios. Una historia sobre la línea que separa, y une, el ganar con el perder, a la que esta peli da la vuelta limpiamente apuntando a la auténtica victoria o la verdadera derrota. Ambas cosas pasan por lo mismo. Traicionarse o no a uno mismo. Venderse, o no.


El recorrido de un inculto, inocente y orgulloso chico de barrio hasta descubrir su potencial real y sus límites, en un viaje vital a través de sus apuestas al billar, del amor y de la gente de alrededor. Sobre todo de los enemigos, esos que nos obligan a desvelar y poner en acción todo lo que no sabíamos de nosotros mismos.

Y el amor como un espejo de todo lo que él es y no había querido mirar. La chica atormentada es también vulnerable y solitaria como él, pero además pone en evidencia su ignorancia, su dificultad afectiva, su lado destructivo.


Cada escena, cada actor secundario, cada palabra y gesto, todo en esta película rezuma atmósfera y significado. Está repleta de presencia. En plural y en singular. Paul Newman se merecía el óscar, por el que estaba nominado, aunque décadas más tarde se lo dieron por otra peli muy, muy inferior (El color del dinero, nada que ver), por pura mala conciencia y con el pretexto de retomar al mismo personaje muchos años después. Interpretaciones inolvidables las de todos ellos, en especial la de la pareja protagonista, porque Piper Laurie es también un derroche de sutilidad y latidos transmisores.

Cuando el mundo no es el culpable de nuestros errores pero nosotros, como Paul Newman, acariciamos aún esa posibilidad inocente y tentadora. Una historia sin salida y con entrada invisible. De perdedores que sólo dejan de serlo cuando se salen del juego.


La mirada eléctrica de Eddie, poco a poco cubriéndose de niebla, de algo desesperado cubierto aún de disimulo infantil, buscando continuamente un punto mágico y salvador desde donde todo se vea diferente. Y la mirada atormentada de Piper oscilando entre el arañazo y la tristeza hundida, en un personaje femenino inusual por dentro y por fuera: una chica con leve cojera, que frecuenta para emborracharse el bar de la estación donde se conocen.

Hasta el final, sí, pero ¿y si el final es esta misma noche? También hasta el final, pero no queda entonces lugar para lo grandioso del no rendirse nunca. Y la vida se convierte en una ola imparable de debilidad. Hasta los “ganadores” de esta historia ganan tristemente. Porque su atmósfera es todo esto, y es un remolino de polvo en la calle que, rápidamente, cae de nuevo para posarse sobre el suelo endurecido. Y la tierra traga saliva, se calla, espera, asimila, y va transformando en el seno de su oscuridad y su silencio, misteriosas semillas con alas.



miércoles, 3 de diciembre de 2014

Los amantes del círculo polar, de Julio Medem

Por Tesa Vigal

Suscribo la cita del gran amante del cine Vicente Molina Foix, que aparece en la página Filmaffinity sobre esta película: “Vigoroso poema elegíaco de Medem. Desmelenada, pero no descabellada, lírica y con una irrompible lógica interna”. Añadiría que es perturbadora historia de amor, extraña, original por trama y su forma de desgranarla. Aunque aviso que no es apta para gente con visión reduccionista de la vida. Lo simple (no confundir con lo sencillo) ni pregunta ni contempla. Sólo lo sensible explora, como esta película, y acaba topándose con el misterio, con el sentido, con el latido de los árboles… 


Dos hermanos, que no lo son. Dos niños se conocen mientras corren por motivos personales. Una, corre para escapar. El otro, corre jugando, persiguiendo un balón. Y ninguno sabe de dónde ha salido el otro, pero nada más encontrarse, ambos se reconocen de manera inmediata y subterránea.

Dos ventanas que dan al mismo jardín nocturno de árboles agitados por un viento lleno de poder.

Contada en primera persona por cada uno de sus protagonistas (Fele Martínez y Najwa Nimri), alternativa y sucesivamente, eso ya remite desde el principio a una subjetividad maravillosamente insolente. Algunas de sus frases apuntan a los temas entrecruzados de su historia: “¿Se puede correr hacia atrás?” (Ana). “Es bueno que las vidas tengan varios círculos” (Otto). Aunque yo prefiero esta otra de Ana: “Lo desconocido se metió en lo conocido”. Cualquiera de esas frases se refiere a lo que trasmite esta película, más allá de su trama. Siempre es fundamental cómo se cuenta algo, pero en algunos casos es decisivo. Esa es, además, una de las características de Medem: la forma de contarlo rebosa de contenido, mientras que en su trama apenas se bosqueja.



En esta historia de amor clandestina, por peculiares motivos personales que no sociales, se remite una y otra vez al recorrido interior de sus personajes, hasta el punto de que lo que sucede fuera es plasmación directa de su recorrido íntimo. En realidad eso le sucede a todo el mundo, sólo que casi siempre de manera inconsciente, o indirecta. Ese enfoque en lo interior y no en el exterior supone una exploración en las contradicciones íntimas, preponderantes en el laberinto personal y ausentes en una historia de lugares comunes, esas enfocadas en lo usual que acaban dejando de lado a las personas vivas implicadas, en nombre de un supuesto mecanismo universal que siempre se escapa en cuanto se profundiza con integridad en una historia amorosa. Porque al ser una relación entre personas el origen y la plasmación del deseo es intransferible, los sentimientos nacidos del fondo del corazón, eso que no tiene fondo, desbordando encasillamientos. 



De ahí que el enfoque de esta historia en los inconvenientes y obstáculos interiores sea una de las cosas que conforman su gran originalidad. Nadie de su familia se opone a que se relacionen, es más, siempre trataron de que se llevaran bien sin lograrlo, aparentemente. Tampoco les separan las circunstancias temporales o de espacio, ya que conviven en la misma casa con sus padres respectivos, emparejados. Pero ellos prefieren mantener su íntima conexión desde la infancia en la clandestinidad elegida del secreto, de lo privado llevado a sus últimas consecuencias, sin que nadie lo sepa. Hasta el punto de hacerles creer a sus padres que no se llevan bien, que apenas tienen contacto…


Dos historias de tiempos distintos que confluyen en un piloto: Otto, el piloto. El primero en el tiempo un soldado alemán que conoce a una campesina española durante la guerra civil. El segundo, el niño protagonista al que ponen ese nombre porque aquel alemán se ha transformado en símbolo amoroso y de paz para su familia. Dos nombres capicúas: Otto y Ana (al que habría que añadir el del propio Medem).

Dos finales cruzados, en los que se narra magistralmente la fusión de los dos hechos y las dos miradas, sin que el espectador esté seguro de si Ana sube la escalera o no la sube, hasta que el plano último del interior de una pupila pone punto y final, a regañadientes. Porque quisieras que la película, que la historia siguiera eternamente, con nuevos círculos concéntricos.



Dos mesas cercanas en la plaza Mayor de Madrid, ocupadas por el destino, que les ha llevado al mismo lugar en el mismo tiempo. Hace tiempo que no se ven y están sentados de espaldas (tercera foto del texto). Ninguno ve al otro, ni siquiera sospecha su cercanía, aunque sus búsquedas tienen la misma melancolía descarada.
Y el sol nunca se pone en el círculo polar donde Ana instala su silla, junto al lago.

Como en el verso de Lou Reed: “Amores legendarios me persiguen en sueños”.


viernes, 21 de noviembre de 2014

La verdad de la ficción: 'La rosa púrpura de El Cairo'

Por Tesa Vigal

‘La rosa púrpura de El Cairo’, de Woody Allen. Historias dentro de historias con idéntico fin: la ficción enseña a vivir. Tiene otras películas fascinantes como “Manhatan”, “Sombras y niebla”, “Annie Hall”, Match point’... Pero ésta es la más peculiar. Su rareza consiste en el tema, inédito en Woody Allen: la naturaleza de lo creado, de la ficción. La realidad de lo ficticio y lo ficticio de lo real. En esta historia ambas realidades se funden en una, aunque nunca se confunden. ‘Midnigth in Paris’ tiene puntos en común: saltos espacio-temporales.

Tom escapándose de la pantalla hacia el mundo real

En los años treinta de la gran depresión, una camarera (Mia Farrow), pobre e infeliz en su matrimonio por un marido desagradable, rudo, insensible y bruto. Su única felicidad consiste en los ratos que pasa metida en el cine, donde se evade descaradamente de su mundo mezquino y desagradable. Pero un día, viendo una película titulada “La rosa púrpura de El Cairo”, uno de sus personajes es consciente de repente de los espectadores que le miran, que miran la pantalla-historia y la traspasa, entrando en la sala de cine ante la estupefacción de los espectadores. Y de sus compañeros personajes en la pantalla, uno de ellos le llama, sorprendido y alarmado: “¡Eh Tom, vuelve aquí!”. 


Y entonces surge una relación personal entre el personaje escapado de la pantalla y la camarera espectadora, que empezará a tomar conciencia de su situación personal, en lugar de soportarla resignadamente. Surgirá un nuevo rumbo en ambos, liberador. Lo imaginario vivo (el personaje escapado de la ficción) quiere descubrir y explorar el mundo cotidiano de los espectadores. Y la espectadora camarera acabará entrando en la pantalla de la ficción con idéntico afán explorador. Eso supone que la camarera deja de usar la ficción para evadirse de su dura realidad, para comenzar a plantearse nuevas posibilidades y hasta soluciones para su vida. Y aunque no lograra cumplirlas, la semilla está echada. Ella deja de mirar y se mete en la historia y esa nueva actitud es la que posibilita nuevos horizontes en su vida personal. Ambos interactúan con la realidad del otro y cuestionan sus respectivas vidas.  
 
 Y además, surgen nuevas preguntas: ¿Hasta qué punto lo ficticio tiene poder materializador? En este sentido ¿pueden llegar a ser conscientes los personajes de una creación? ¿Son conscientes los seres “vivos” de la vida que late en la ficción? ¿Son más reales los sueños o la “vida”? ¿Y los deseos? ¿Son más profundos y significativos unos u otros?... Todas estas preguntas tienen una respuesta personal, igual que el modo de aprender a vivir a través de la ficción. ¿No es ese el motivo de la necesidad que tenemos los seres humanos, de cualquier lugar y época, de que nos cuenten y contar historias? El vuelo de historia, su efecto. Vuelo mental y vuelo emotivo. Vuelo hacia dentro y hacia fuera. Una de sus películas con más alcance, de las que roza más planos y de manera más libre e imaginativa.

   

sábado, 8 de noviembre de 2014

La meta es el camino: 'carretera asfaltada en dos direcciones' de Monte Hellman

Por Tesa Vigal

Hace poco volví a ver ‘Two-Lane blacktop’, de Monte Hellman (aquí traducida como “Carretera asfaltada en dos direcciones”). Mi primer contacto con ella fue a principios de los 80 y, como me pasa con todo lo memorable que leo o veo, la impresión emotiva sigue ahí, igual de turbadora, aunque con el tiempo pueda llegar a olvidar su trama. 


Íntima película existencial porque se pregunta sobre la naturaleza y el sentido de la vida, a través de los hechos cotidianos de tres personas reunidas por el azar o el destino (si es que ambas cosas son diferentes formas de nombrar a la moneda misteriosa del universo). Personajes inusuales en la actualidad, sobre todo el de la chica que va haciendo dedo por las carreteras que surjan, aunque frecuentes en los años 70 de la contracultura, momento en que sucede la historia. Por eso su origen y su desarrollo es un viaje, pero a diferencia de otras muchas historias de carretera, este viaje no tiene motivo conocido ni meta clara, ni siquiera dirección concreta. Y así es como sucede en muchas vidas humanas de cualquier época y lugar. Es un viaje a ninguna parte y a cualquiera. Y el misterio, inevitable e incómodo, del recorrido impregna a los propios personajes. En realidad no se sabe nada de ellos, ni siquiera sus nombres (se llaman entre ellos por enigmáticas iniciales, o incluso por su “papel” en el viaje: “conductor”, driver, uno de ellos, protagonizado por el músico James Taylor. Él es el único que salió indemne de esta película, ya que tanto el batería de los Beach boys, Dennis Wilson, como la chica, Laurie Bird, tuvieron muertes tempranas peliculeras. Ella, se suicidó a los 26 años y el batería del mítico grupo californiano se ahogó en el mar, a los 39 años. 


La interpretación de los tres es perfecta y armónica con la propia historia. Una interpretación sobria, poéticamente seca, que apunta directamente a la naturaleza incomunicativa de la mayoría de las relaciones humanas, en las que todo se calla, o se elude, o se malinterpreta. Porque lo que da más miedo es tomar consciencia de nuestra propia vida y su consecuencia temible: la libertad.

A diferencia de otras películas calladas, ésta tiene acción (incluso la desaforada propia de las carreras de coches clandestinas), pero el silencio es el rey que todo lo empapa. Y cuando el silencio acompaña a un viaje en coche adquiere matices turbadores, que perfilan ásperamente un relieve inusitado en todo lo callado, en cada gesto y cada vacío. Aquí, en esta historia todo es una constante alusión. un malestar de fondo al que no se sabe poner solución, ni siquiera intentarlo.

Pero existe una diferencia sutil entre sus personajes que llega a ser decisiva. La chica aporta claridad rotunda en sus acciones, aunque el resto de sus facetas expresivas quede igualmente sin comunicar. Ella hace dedo y se suma al viaje sin rumbo del 'mecánico' y el 'conductor', durante un tiempo. Y  les deja después, bajándose irreversiblemente de su coche y de su vida. Actúa, reconoce, observa, revela lentamente, espera la respuesta y decide. 


El personaje del mecánico (Dennis Wilson), refleja inconscientemente el vacío resignado. En el conductor respira la sensibilidad, aunque asfixiada por el miedo a la expresión. Y ambos, en definitiva, acaban por elegir sólo sobrevivir, o lo que es lo mismo, vivir para nada. Morir lentamente.

Los tres acaban reunidos durante corto tiempo por la insatisfacción inquieta, que desemboca en pasividad, o ruptura. Y precisamente por eso, por su ausencia, hay momentos en esta historia donde destaca la plenitud del amor o el juego, y en ellos sobrevuela la sed de comunicación plena y álgida, que una y otra vez permanece aquí oculta, subterránea, cercenada.

En mí evoca la plenitud vital de la infancia, o los momentos adultos en que se logra una entrega rotunda al presente, cuando lo que se siente no se reparte con el futuro. “Es”, y luego desaparece suavemente porque se ha puesto todo sobre la mesa. Por eso, y sólo en ese tipo de momentos excepcionales, no queda resaca, no se mira atrás.

Pero luego caes en la trampa de querer el amor en vez de vivirlo, impidiendo que surja, evitando elegir y, en medio de laberintos de miedos y de ideas cruzadas te vuelves impotente vital o adicto a las rutinas. A mí, al menos, me cuesta bastante salir de esa trampa, tanto como al personaje del mecánico y el conductor salir de su aparente vida nómada que, en realidad, es una absurda costumbre aunque de apariencia inusual.

Me quedo con la melancólica libertad de la chica. Tampoco es garantía de nada, pero mientras tanto quizás se roza con la punta de los dedos una vida con sentido.  

Recomiendo un interesante comentario sobre la película en la revista Miradas de cine nº 41, dossier años 70:


martes, 28 de octubre de 2014

¿Quién eres tú? el tercer hombre


Por Tesa Vigal

Al finalizar una película memorable uno no sabe qué decir; en un primer momento. Luego, se necesitaría decir muchísimo aunque no se haga. Se está demasiado desbordado por sensaciones, sentimientos, lados desvelados, dudas, certezas, facetas ocultas, laberintos…

Esta película dirigida por Carol Reed está empapada, sin embargo, por la sombra de uno de sus protagonistas: Orson Welles. El tercer hombre es Harry el asesino, Harry el amigo, Harry el amante, Harry el mafioso, Harry el cínico, Harry el doliente (como aquel rey legendario) y Orson Welles irónico, impenetrable, aparente, engaña tontos y “el tercer hombre”. Ese, además, siempre ausente. El que jamás llega a aparecer del todo en la historia, el que jamás aparece en nuestra historia, el que surge constantemente, el que siempre es confluencia del primero y el segundo.


La ausencia y la apariencia hieren los ojos desde el primer plano de la aparición de Welles. Sostenida mueca al fondo de un túnel como si su rostro, cada vez más cerca, fuera atraído por nuestro tren fantasma, o por la hipnosis de la serpiente. Desde Harry a mí, o desde mí hasta Harry. O ambas cosas. Y su expresión es sarcástica y herida, o herida por el sarcasmo, o el sarcasmo herido por una vida en sombras.

La sensación de tener entre las manos gran cantidad de pruebas, irrefutables creadoras de espejos, sobre la identidad de una persona, hacen de ella un misterio aún más insondable.

(Demuestra la experiencia muchas cosas, entre otras que nunca es suficiente la vida para aquellos que padecen sed devoradora)

Y el loro de la ironía es el amigo de Robinson Crusoe y el seguidor de Zane Gray. La genial y divertida escena de la conferencia cultural, donde una vez más hay una confusión de identidades que es justo lo que la motivan. La llegada del conferenciante raptado y el encantador y entregado promotor de aquella “fiesta” son el lado salvador de cualquier naufragio. Quién ama la ironía, es decir quien tenga sentido del humor, siempre suele agarrarse a la tabla salvadora de lo grotesco, lo absurdo y las faunas humanas.

El gesto, en primerísimo plano, de Kurtz (inquietante conocido del tercer hombre) me recordó el paralelo e inicial del genial y turbador presentador de “Cabaret”, de Bob Fosse. Estos adjetivos recorren el eje y la atmósfera de toda la película.

Es tan rara la perfecta e increíble fusión de su famosa música y sus imágenes, como que algunos hablando de Welles dejen en paz a los ángulos, contrapicados y demás zarandajas. Sinceramente nunca lo entendí. Pero hay gente tan superficial que sólo habla de técnica.


El mayor misterio rodea la mayor complicidad. Eso ocurre en el instante anterior a su muerte, cuando Harry con las manos en libertad, sacadas al viento de la calle entre las rejas de la alcantarilla, le indica a su amigo que le mate. Es casi imperceptible y difícil separar su mirada de su rostro, asintiendo suavemente.


El infinito es traído, culebreante y orgiástico, entre el círculo, las dos serpientes mordiéndose la cola… Las dos muertes, los dos cementerios, las dos chicas adelantadas por los dos coches… Y los dos amigos. Porque es la misma chica pero es otra chica, su amigo es su amigo pero es otra cosa, y ni las ruedas ni las gabardinas chocarán contra el viento de idéntica manera. Aún así, todo es un único momento. De ahí, que uno de los planos finales más impresionantes que yo he visto, sea ese sostenido durante varios eternos, inquietantes minutos de Allida Valli caminando hacia el espectador, con toda la pesadez, la densidad y el silencio de la tristeza irremediable, envuelta en la inolvidable música de aire turbador, casi hipnótico. Esa tristeza que no tiene salida y tiene lucidez. Casi melancolía pero más que melancolía. Cuando todos saben lo que va a suceder y lo que está sucediendo, pero ¿qué se va hacer Bernie?


Uno se queda de pie, quieto, y luego, cuando todo ha pasado, enciende el cigarrillo de la última voluntad. ¿Qué va a hacer ella sino seguir caminando?. La música seguirá sonando hasta enloquecer al más atrevido Ulises y los fantasmas poblarán el mundo, esa Viena bellísima de adoquines negros y el camino hacia la ciudad que nos aleja  de todo, para siempre.      

martes, 14 de octubre de 2014

'In the mood for love' de Wong Kar Wai


Por Tesa Vigal

'Deseando amar'. Wong Kar Wai, director de Hong Kong conocido en Europa a partir de “Chunking Express” de 1995, rodada en sólo dos semanas y que ya tiene las características principales de su cine: acción y diálogos frescos y espontáneos, como en la nouvelle vague francesa, pero fundida con un trasfondo poético muy marcado en la imagen y la atmósfera. 


Posteriormente, en 1997, recibió la palma de oro en el festival de Cannes por “Happy together”, una crónica de desencuentros amorosos, en una de esas relaciones amorosas, homosexual en este caso, en las que no se puede estar con el otro pero tampoco sin él.

“In the mood for love” ('en disposición de amar' del año 2000), traducido como Deseando amar, es poesía en movimiento. Y nunca mejor dicho. Esos pasillos de hotel que recorren los protagonistas llenándolos de pasión contenida… O los trayectos hasta el local donde venden comida preparada, o esos cigarrillos de humo interminable, de volutas de anhelo, ensueño, deseo y purificación. El humo y la atmósfera física y psíquica están presentes en sus películas de manera desbordante.

En pocas películas se ha plasmado de manera tan rotunda, como sugerente y rica, la turbamulta de sentimientos encontrados, sin que apenas se expresen con palabras. El espectador se queda prendido y con la boca abierta ante la gama de gestos, miradas y segundos que contienen mundos. Dan ganas de conocer a gente así, se despierta la sed de emociones, se pone en evidencia la pobreza o la limitación de los sentimientos más comunes.


Y la música claro, fundamental. Y dentro de ella, esa canción cantada en español por Nat King Cole y famosa en los años sesenta (cuando se desarrolla la historia) también en Hong Kong: “Quizás”. Al contrario que la canción, que parece querer escaparse como humo, uno se queda atrapado, sin poder escapar, en esa historia amorosa tan original y densa.

El tema de una intensa relación que nunca llega a expresarse físicamente, también es el de otra película tan original y emotiva como 'Lost in translation' de Sofía Coppola, aunque en esta película de Wai la atmósfera es aún más poderosa y densa, más poética y envolvente, más sugerente, hipnótica por momentos.


Pero además trata otro tema, que surge del motivo que les hace contactar (sus respectivas parejas son amantes), que es la indagación del sentido o sinsentido de la fidelidad. Y un deseo contradictorio de comprender a sus parejas por un lado, y no querer parecerse a ellas por otro. Como resultado de todas esas fuerzas emotivas surge una tierra de nadie, fronteriza y aparte, un mundo único donde se mueven y donde conectan a pesar de ellos mismos, donde se encuentran y se reconocen inevitablemente, donde son felices y desgraciados. Y el aire secreto que empapa su relación, no porque se escondan ya que nadie les vigila, nadie les pide cuentas, nadie les censura, sino porque apunta a la intimidad más recóndita de sí mismos. Allí donde se agita la fuente de las contradicciones internas, los sentimientos oscuros, los deseos desconocidos, el sueño tiñendo la realidad y la realidad tiñendo los sueños…


Ese tipo peculiar de secretos que roza lo mágico y lo potente, necesita de algún rito, de alguna clase de magia envuelta en niebla y humo, de nuevo, y de ahí esa mención al viejo ritual de contar en voz baja un secreto así, con los labios pegados en una grieta de un viejo templo, donde quedará depositado y seguirá su existencia desconocida, trasformándose quizás, moviéndose hacia otras regiones de la intimidad, alcanzando a otras terceras personas quizás. Quizás, quizás… Como el título y el estribillo de la canción.

Su última película “2046” del año 2004, retoma el tema de Deseando amar, pero indirectamente, partiendo del fondo de la historia y su personaje masculino protagonista, que aquí es un periodista que se aloja en la habitación de hotel 2046, que es la misma que usan en un momento de Deseando amar.

En esta película se habla de la vida amorosa del periodista, que es en realidad el mismo de Deseando amar. Su pasado, la mujer de Deseando amar, su presente, sus sueños y también las historias que imagina al escribir. Tiene por ello un aire más onírico y sin embargo con mucha más acción. Pero la redondez lograda en Deseando amar aquí no se consigue. Hay momentos mágicos pero en general queda más diluida la historia. Aún así también tiene esa propiedad atrapadora de todas sus películas.
   

martes, 7 de octubre de 2014

¿Existe el destino? una de las preguntas de la curiosa película de Michel Gondry


Por Tesa Vigal

'Eternal sunshine of the spotless mind' de Michel Gondry, aquí traducida como 'Olvídate de mí', es una película circular, aunque no exactamente, sino en espiral. Cuando el futuro con el que se inicia la película no es el pasado, sino una vuelta al momento vital que lo hizo posible. Lo más esencial de las personas implicadas sería el germen que repetiría un ciclo vital pendiente. ¿Hasta que dejara de serlo? Ese es el dilema y es lo que remite a la pregunta: ¿estamos abocados a repetir momentos cruciales?, ¿o en algún momento podemos salirnos de esa cadena, que se acerca peligrosamente a la posibilidad de un destino? 


Ese tema se relaciona, además, con la naturaleza de la memoria y de la experiencia, cuando ambas cosas parecen coincidir básicamente. También se relaciona con la existencia de un “yo” esencial, que estaría más allá de las circunstancias, fundiéndose con ellas de manera personal y que sería, por tanto, el que podría decidir. ¿Libremente?, ¿hasta qué punto? Preguntas que acaban confluyendo unas en otras como la serpiente que se muerde la cola.

El guionista, Charlie Kaufman, es también el guionista de “Cómo ser John Malkovich”, una película rabiosamente original y divertida, en el que un agujero en la pared de un despacho conduce al interior del famoso actor. En 'olvídate de mí' de nuevo nos encontramos en el interior de alguien. Esta vez en el interior del protagonista dormido al que un tratamiento médico voluntario pretende borrar de su memoria todo rastro de la existencia de la amante a quien quiere olvidar. Hasta cierto punto... En esa contradicción se encuentra el interior del protagonista (Jim Carrey), un hombre tímido y callado y bastante aburrido. Su novia (Kate Winslet) ya le ha olvidado a él y esa es la motivación de su novio para olvidarla también. 


 No siempre conocer el futuro de una relación provoca el arrepentimiento. A veces ese conocimiento no impide volver a elegir lo mismo. A pesar de todo... Laberíntico viaje por los recovecos de la memoria, tratando de ir acompañado del recuerdo de su novia a través de momentos y épocas distintas, incluso por aquellas en que no se conocían, y todo con tal de resguardar su recuerdo en algún vericueto de su memoria que no corresponda a su relación y por tanto donde pueda guardarlo sin peligro de ser borrado. Delirante escena de la temprana infancia del protagonista en la cocina de su familia... Magníficas interpretaciones de los dos actores, llenas de vigor y emotividad, de momentos surrealistas y momentos sobrios. De Kate Winslet me lo esperaba porque es una gran actriz, pero Jim carrey me sorprendió agradablemente.

Los decorados y los escenarios pueden cambiar, eso es evidente. También las decisiones "secundarias". ¿Pero también se pueden cambiar las decisiones significativas? Podría ser que aquello de lo que nos arrepentimos es lo único que podíamos elegir en aquel momento. O puede ser que sólo ciertas elecciones de nuestra vida pertenecen al destino, sea lo que sea eso ese toque misterioso conectado a la identidad y la memoria. Que, a su vez, son parte de nuevos enigmas. 

miércoles, 1 de octubre de 2014

De cómo nació Frankenstein: 'Remando al viento' de Gonzalo Suárez

Por Tesa Vigal

"Hay un mundo de correspondencias que todavía no está, y acaso no lo estará nunca, codificado por la ciencia: de ese mundo, la magia quiere ser la inteligencia y el arte, la expresión" (Robert Kanters) 


Igual que los sueños son la quintaesencia de la vida "real", su íntimo cuaderno de bitácora, el arte surge de la misma dimensión y habla de lo mismo. En palabras de Henry Miller: "la poesía no sólo no distorsiona la realidad sino que habla de su esencia". Una dimensión donde viven y beben los artistas y donde los niños pequeños viven, de manera natural, todo el rato. Hay una escena en la cual le preguntan a un niño si sabe nadar. Su amiguita, en otra habitación y dormida, responde en voz alta en sueños a la pregunta: "no, no sabe". Esta película me recuerda a la película de culto 'Arrebato', de Zulueta (de la que ya he hablado en este blog), porque ambas hablan de lo mismo: el misterio de lo creativo, engarzado en el nivel vital más profundo y desconocido del ser humano.

Esta película cuenta la estancia en la casa de Byron de sus amigos Shelley y su mujer Mary, durante la cual se proponen escribir cada uno de ellos un relato de terror. Mary Shelley escribirá "Frankenstein" como respuesta. Pero esa materialización tendrá todo el alcance que puede llegar a tener el arte. La criatura Frankenstein también se materializará en la vida del grupo con consecuencias dramáticas.

Todos ellos, menos Mary su creadora, serán visitados por una muerte repentina en un corto lapso de tiempo. Shelley, el poeta, se ahogará y quemarán su cuerpo en una pira en la playa, en una escena de conmovedora belleza (es decir lo contrario de lo "bonito"). Byron, morirá meses después en Grecia, a donde se fue para ayudar a los griegos contra la dominación turca. Cuando estuve en Padrás, la pequeña ciudad del Peloponeso donde murió, un griego me contó que todavía se le recordaba como el poeta que vino a ayudarles. Curioso. A la lista de muertes, se unió el pequeño hijo de Shelley y hasta el doctor Polidori (que escribiró el relato 'el vampiro', en respuesta a la propuesta de aquella noche de tormenta en Suiza) se suicidó poco después. 



El artista es el adversario, lo opuesto al poder. Bajo su luz casi todo parece pequeño y absurdo. "Qué inútil es todo..." comenta Byron tras hablar de sus "triunfos" nadando y vendiendo poemas. El arte es tan transformador como el amor y los sueños. Todo depende de meterse en él y vivirlo bebiéndose su esencia. En este sentido depende de la mayor o menor receptividad al misterio, y de su paralelismo con la vida del receptor. Y para crear es indispensable ser fiel a uno mismo. Como Byron dice a su hija, despidiéndose de ella: "compórtate, bien o mal pero compórtate". Es decir sé tú misma, llévate contigo...

Por todo ello el arte es liberador y es peligroso por el poder que encierra. Como en el verso de Shelley que también se menciona en la película: "No despiertes a la serpiente si no sabes que camino va a tomar...". Porque como dice Wiliam James: "Un hombre puede jugar a cierto juego durante años con técnica experta, hasta que un día, en un momento de excitación algo ocurre y el juego comienza a jugar con él".



Dada la personalidad de su director, uno de los más originales del cine español, Gonzalo Suárez, sus emocionantes imágenes están plagas de sugerencia, de preguntas o de respuestas que a veces van en paralelo. Como otro de los temas de la historia, una de las facetas más importantes del romanticismo, la libertad, el amor por ella más allá de cualquier convencionalismo social. Y no sólo en la escena del poeta Shelley desafiando al padre de Mary, su pareja, apostando por relaciones amorosas basadas en la libertad y no en contratos sociales como el matrimonio. También el propio Byron fue un escándalo en la época (y ahora seguiría siéndolo) por la relación amorosa que tuvo con su hermana, de la que acabó separándose por la presión social sobre ambos, a pesar de haber tenido una hija con ella, y de la que siempre habló con una ternura muy especial (él, que tanto usaba la ironía). 


Esta película se estrenó en los años 80, cuando uno de sus protagonistas no eran conocido y apenas habían hecho cine. Me refiero a un insólito y convincente Hugh Grant dando realmente vida al poeta Byron. Otra gran interpretación es la de Lizzy McInnerny como Mary Shelley y José Luis Gómez interpretando al secretario de Byron, Polidori.
Película de las que atrapan y embelesan. Por eso y por su gran singularidad aparece en este blog.