viernes, 6 de mayo de 2016

Out of the blue de Dennis Hopper

Por Tesa Vigal

Según el propio Dennis Hopper, protagonista y director de esta película de aliento desesperado, es una ojeada a la vida de su personaje en la mítica Easy Ryder (también escrita y dirigida por él), quince años después. Y está inspirada en la canción de Neil Young del mismo título, cuyos primeros versos dicen: “el rock and roll está aquí para quedarse / es mejor quemarse / que desvanecerse”.

Un hippy con un periplo marginal que ha incluido visitas a la cárcel, refugio en el alcohol, y una compañera amorosa tan problemática como él, ambos con esa aureola mitad conmovedora, mitad irritante, que envuelve a los seres soñadores que caminan torpemente por la sociedad y son vapuleados por ella con demasiada frecuencia, tienen una hija adolescente que sigue los pasos rebeldes de sus padres. Por lo tanto su rebeldía es doble y desesperada. 

Linda Manz (actriz de poderoso magnetismo y de corta carrera en el cine) la encarna con un brillo de melancolía rabiosa, de pureza salvaje, de hondura sin concesiones porque ya no se trata de liberarse de convenciones sociales, como hicieron sus padres, sino de ir más allá, y tratar de liberar el alma.


Utopía no es sinónimo de ilusorio, sino de ideal lejano, más aún en tiempos en los que reina la apariencia, el consumismo, el tener y el parecer en lugar de ser, cuando prevalece lo políticamente correcto, o la preocupación por el aspecto físico, adorando marcas o tecnologías, 0 cuando se persiste en la destructiva actitud amorosa de considerar una propiedad  al objeto amado (con todo el arsenal conservador que eso implica).

La adolescente protagonista de esta historia, en plena época punk, ama a Elvis no sólo como a un pionero, sino por esa canción que escucha constantemente: “el hotel de los corazones rotos”. A continuación parte de lo escribí en la revista “Mandrágora y el Pirata” cuando se estrenó aquí la peli, en el 82, en el cine Alphaville de Madrid (hoy Golem), incluyendo una tertulia posterior en el café del cine con un conmovedor Dennis Hopper pasado de botella:

De cuero negro y mirada alerta, princesa exiliada, tú y yo sabemos lo que significa la muerte de una sonrisa. Cuando nos piden fiesta y amable compañía suele ser una amenaza lo que flota en el aire, así que nos pusimos las botas altas y abandonamos eso que llamaban hogar sin serlo. Creo que pensaban que ser dulces y encantadoras implicaba sumisión y vacío, por eso nunca entendieron nuestro sentido del humor, ni el corazón en la mano cuando ofrecíamos nuestra amistad. Entonces les revelamos nuestros ojos más limpios, nuestra voz rota, nuestra fragilidad, los silencios más profundos y la diferencia entre fidelidad y lealtad. Pero de nada sirvió, no era eso lo que les interesaba. Buscaban trofeos sin alma, o escudos contra su oscuridad. En cualquier caso el miedo les hizo recular disimuladamente. Y nosotras no quisimos volver a equivocarnos y guardamos nuestros sueños para quien los mereciera. Nadie dice que sean fáciles de entender y aunque estuvimos a punto de escupir en nuestras huellas, fueron otros los que finalmente lo hicieron.


Nunca tuvimos nada que ver con intrusos, sólo el roce imprescindible para pasar de su falso consuelo, ese que suele ir acompañado de doradas palabras de admiración, pero vacías como las monedas falsas, o los formalismos.

Responderemos con acero a los dedos de falsa suavidad. Pero seguiremos buscando las puertas de entrada y salida porque jamás supimos doblegarnos, pequeña triste, y seguimos siendo tan salvajes como los caballos indómitos y los poetas verdaderos. Pensándolo bien no me extraña que parezca excesivo; a ti, pequeña triste, y a mí también nos asusta, pero no podemos remediarlo.

Mueven sus torpes gestos tratando de parecer lo más conveniente y así se acercan, pero no para querernos, pequeña mía, sino para no desnudar su alma. Cualquier cosa con tal de no mirar el fondo de tus ojos. No, la vida no nos sorprende aunque siga intacta nuestra imaginación, nuestro asombro. Por eso nos cuidaremos bien, abiertas con serena firmeza. Montaremos en flexibles guitarras porque ahí sigue latiendo el corazón, porque ellas hablan el lenguaje de la intimidad sin barreras. Y seguiremos caminando con las manos al viento, hasta el final. Porque la libertad es la fuente del amor y el amor nuestro eterno compañero. Ser malinterpretado le sucede a cualquiera, pero siendo uno mismo ya no duele, lo que permanece es la reconfortante libertad con su dulce, sereno, entero sabor.

Dos versos de Lou Reed: “Los vagabundos como nosotros hemos nacido para jugar”. Y “amores legendarios me persiguen en sueños”.

viernes, 25 de marzo de 2016

'El séptimo sello' de Ingmar Bergman

Por Tesa Vigal

Tanto sus imágenes como su argumento tienen la huella de lo legendario. En cuanto que su base es la vida completada, recreada a través de un relato explorador. Por tanto contiene la hondura especial de los símbolos, el lenguaje analógico de los sueños. El aliento de las preguntas vitales.  Lo inquietante de las preguntas sentidas más allá de las respuestas. Un caballero regresa de las cruzadas y se encuentra con personajes varios: una chica acusada de brujería, una familia de juglares y titiriteros, procesiones de flagelantes, su propio escudero cínico (que recuerda a Sancho Panza pero sin su ingenuidad)... Y todos ellos inmersos en lugares recorridos por la peste. También se encuentra con la muerte a quien reta a una partida de ajedrez, no por miedo sino para poder interrogarla sobre temas vitales como Dios, o el sentido de la vida.


Esta película, de impactante fuerza visual con un brumoso blanco y negro, comienza con unos acordes del Dies Irae y una enigmática frase del Apocalipsis: “Cuando abrió el séptimo sello, se hizo un silencio en el cielo como de media hora”. Y en sus sobrecogimientos repentinos recuerda a veces al cine de Dreyer.

El “aleph” –según cuenta Borges en el relato del mismo título- es una zona del espacio que contiene el universo. Pues bien, El séptimo sello está llena de “aleph”. De imágenes y silencios que contienen el mundo entero. Una mirada sostenida hasta la aberración. Hasta hacerse casi insoportable. Una mirada infinita. Una de esas películas que podrían verse sin sonido y seguiría hipnotizando igual, o casi igual. La película del relieve reptante: inocencia y muerte. Y una inolvidable partida de ajedrez en la playa, entre la muerte más inquietante y sobria que yo he visto en el cine (esa redonda cara blanca que parece absorber al mundo entero) y el caballero camino al hogar, Max von Sydow como un Ulises iniciático, buscando la luz del viaje, la luz de Itaca. Ese viaje en el cual no importa llegar a la meta sino el mismo recorrido.


Aquí va parte de uno de los diálogos del protagonista con la muerte:
Caballero: “¿Porqué, al menos, no me es posible matar a Dios en mi interior? ¿Por qué prefiere vivir en mí de una forma tan dolorosa y humillante, puesto que yo le maldigo y desearía expulsarlo de mi corazón? ¿Sabes? Estoy a punto de llegar a una conclusión... Creo que Dios es una especie de realidad engañosa, de la cual los hombres como yo no podemos desprendernos... Por eso yo quiero saber. No deseo creer. Ni suponer, sino saber... Deseo que Dios me tienda la mano, ver su rostro y que me hable”.

Muerte: “Pero se calla”.
Caballero: “Así es... Le grito en medio de la noche, pero es como si no hubiera nadie en ningún sitio”.
Muerte: “Puede que no haya nadie”.
Caballero: “Sí, ya lo he pensado. Pero, en ese caso, la vida sería un horror absurdo. Nadie es capaz de vivir con la muerte ante sus ojos y creyendo que todo ha de desembocar en la nada más absoluta”.
Muerte: “La mayor parte de los hombres no piensan ni en la muerte ni en nada”.


Y el dato, curioso y esperanzador, de que los únicos personajes que se salvan son los que viven lúdica, sencilla, creativamente. Aunque finalmente sigue quedando la pregunta en el viento: la tuya y las demás. También serían preguntas de Itaca, lo importante es formulas, no las posibles respuestas.

Para mí se asemeja a la fascinante ‘Persona’, en su poesía desesperada, la involuntaria actitud irrenunciable, sus pasos sobre el agua donde también se puede escribir, o quizás dibujar al amanecer, el enigma de vivir sobre cualquier frontera…

  

domingo, 28 de febrero de 2016

Bonnie and Clyde de Arthur Penn


Por Tesa Vigal

'Bonnie and Clyde' es una película con un especial atractivo que se desprende de la peculiar historia de sus protagonistas, de sus actores (Faye Dunaway y Warren Beatty) y de sus magnéticas imágenes, tan sugerentes como la escena en que ella deambula desnuda por su habitación, sabiendo que la vida que está viviendo no es la suya, como un indómito ser enjaulado esperando su momento, su sitio. O tan potentes como la del coche avanzando en el silencio de la carretera desierta, camino de la trampa en la que será acribillado a balazos, con los cuerpos de sus ocupantes oscilando violentamente con los impactos rabiosos, de interminables disparos, como peleles de trapo. 

La película se abre con las fotos de los años 30 de los personajes reales, con su tono amarillento, sucio, seco. Luego, un primer plano de los labios de Bonnie caminando en su habitación, golpeando con la mano los barrotes de la cama, otro primer plano de sus ojos, su mirada aburrida, anhelante, dispuesta... Se asoma a la ventana y ve a un chico rondando el coche de su madre, aparcado en la calle, y en el breve intercambio de palabras se produce un reconocimiento difuso pero certero, aún en el aire. Ella se viste y baja a la calle para reunirse con él, y ya no se separarán. Más que dos chicos que se conocen, parecen dos respuestas a sus preguntas vitales: ¿Cómo y cuándo voy a apartarme de todo esto?

Los dos piden a la vida más de lo que la vida ofrece. Por eso, no serán simples ladrones de bancos, el dinero es secundario, lo importante es vivir de otra manera, apenas con referencias, aunque implique una forma de vida más que peligrosa, sin salida. Clyde le advierte que: "No tendrás un minuto de paz". Y ella responde: "¿Me lo prometes?". Hay en esa elección algo desesperado, como si contuviera una apuesta irreversible y también un toque inocente, trágico, armonizando con la época de la gran depresión pero más allá de ella. Cuando se encuentran con unos campesinos a los que el banco acaba de dejar sin casa, se presentan diciendo sus nombres y añadiendo: "atracamos bancos". 

A la pareja se unen el hermano de Clyde (el gran Gene Hackman) y un entrañable chaval de una gasolinera, aún más inocente que ellos. Ninguno piensa ¿para qué? Saben que todo lo racional y sensato es opuesto a su actitud. Incluso Bonnie lo reconoce en el poema sobre su vida, que publican en los periódicos, un poema melancólico, conmovedora mezcla de 

ingenuidad y lucidez. Y ellos siguen tratando de dejar claras las cosas, como en un atraco en el que preguntan a un campesino si el dinero que tiene en las manos es suyo o del banco: "Quédese con él".

Sólo que en su vida casi nada es claro, sino laberíntico. Como la propia relación amorosa de la pareja, basada en una profunda conexión que tropieza con el miedo de Clyde a la hora de acostarse juntos. Pero ella lo sabe, entiende, y cuando él se va a disculpar tras uno de sus tensos abrazos, sobre una cama tan revuelta como sus emociones, ella reconoce que le importa, pero le da igual. Ella no está con él para eso, aunque le gustaría un montón incluirlo. Por eso es conmovedor el momento en que al fin, poco antes de morir, se acuestan en un improvisado campo de trigo, y así parecen completar su relación y su vida sólo durará ya un poco más.

Delirante la escena en que dan la vuelta con el coche recién robado, para recoger a sus dueños, una pareja de novios con los que prosiguen unos cuantos kilómetros, como si quisieran acoger con ellos cualquier encrucijada. Y empapada de melancolía la escena en que se reúnen con su familia en una merienda en el campo, al aire libre porque su casa estará vigilada, en una tarde dorada, salpicada de silencios, sonrisas leves, bocadillos para los niños jugando, y la lucidez de su madre dando a su hija por perdida. Nada de sueños, tienen que seguir huyendo. Hasta el final. 
   
      

miércoles, 13 de enero de 2016

'La leyenda de la ciudad sin nombre', de Joshua Logan

Por Tesa Vigal

Una ciudad naciendo desde cero, y unas relaciones afectivas también planteándose desde cero. Cómo pueden ser, qué son y qué implican, más allá de las convenciones imperantes, en ausencia de la supuesta seguridad que ofrecen y de su efecto culpable. Y una vez cuestionadas las convenciones, enfrentarse a la esencia afectiva, con toda la complejidad laberíntica del ser humano. 

Una mujer, que antes fue una de las dos esposas de un mormón, entabla relaciones amorosas con dos hombres del campamento de buscadores de oro, a donde llega. El resto, como diría un blues, es seguir el hilo de su corazón. Queremos de manera distinta a cada persona que queremos, porque somos diferentes. Algo natural que, en ocasiones, puede llegar a crear una situación de afectos complementarios, rechazada por la sociedad. Cuando los dos hombres implicados le piden que elija entre ellos, ella se niega porque afirma que les quiere a los dos. Así comienza una encantadora, sugerente y anticonvencional historia de amor a tres bandas, consentida y disfrutada por los tres, con los “maridos” turnándose en la cama de su mujer, hasta que la llegada de colonos más conservadores y religiosos acaba con esa situación idílica. Bajo su influencia, ella se ve arrastrada a elegir, haciendo suya la actitud de los conservadores como si no hubiera más remedio, transmitiendo una turbada melancolía. ¿De verdad es imposible? ¿O sus obstáculos son, a su vez, productos culturales?

Si las películas del oeste hablan, básica e indirectamente, del origen de la moral y las leyes, del principio social que aglutina la convivencia de las personas, de ese lugar fuente, fronterizo, en el que los seres humanos se encuentran solos frente a sí mismos y frente a los demás, ‘La leyenda de la ciudad sin nombre’ (por una vez el título con el que se exhibió en España me parece más apropiado y sugerente que el original en inglés: ‘Paint your wagon’) lo hace doblemente, porque trata el tema de manera directa, esa es una de sus peculiaridades. 

En ausencia de leyes exteriores se está frente a uno mismo, puede escucharse a nuestro corazón, descubrir quiénes somos y cuáles son nuestros valores. O puede no hacerse, porque el cara a cara implica libertad y la libertad da mucho miedo, supone además aceptar las consecuencias de nuestras decisiones y, por tanto, impide echar balones fuera y culpar al exterior. Además, mirarse a uno mismo es un reto. Pueden derrumbarse imágenes personales, personajes con los que caminábamos, con más o menos convicción, para buscar una falsa seguridad, o directamente algún refugio. En esta historia, la relación a tres bandas fracasa por la contradicción culpable de ella, influida por la moral de los granjeros puritanos que no concibe más relación afectiva que la establecida por la religión, y por la actitud de uno de los hombres basada en la propiedad. Cuando en un momento dado reconoce que siempre sintió que  ella pertenecía al otro y, en el fondo, no podía compartirla. Y este es, para mí, uno de los temas más fascinantes y laberínticos porque apuntan a la esencia de las relaciones amorosas. Si su base es la libertad y sus elecciones, sería incompatible relacionarse con una persona sintiéndonos propietarios de ella. Nadie es propiedad de nadie, el afecto es libre o no existe, por lo tanto el tema de los celos ¿no sería más bien una cuestión de inseguridad, de orgullo...? Porque aquí se vuelve a rozar el hecho de que no puede quererse a nadie de la misma manera, por lo tanto, nadie puede quitar "el sitio" a nadie. Incluso ese término apunta al deseo, tan humano, de que nos quieran, pero eso nunca puede estar bajo ninguna obligación. Creo que la obligación y el amor son incompatibles.

Lo de menos es que tenga algo del género musical, aunque algunas canciones me sobran, pero contiene una tan maravillosa como la de “Estrella errante”, cantada, susurrada, con la voz rota de Lee Marvin. Las canciones, aún así, no rompen la trama ni el rimo de la historia. La complementan de manera enriquecedora y son secundarias en ella. Me quedo con algunas de las letras, apuntando a la libertad del viento. Y una frase de Lee Marvin, cuando alguien le dice que hay gente que se va y otros que se quedan. Él opina que más bien hay gente que va a alguna parte y otros que no van a ninguna.  

Tres protagonistas con carisma de la talla de un joven Clint Eatswood (El socio, de quien no se conoce el nombre hasta el final), Lee Marvin y la inolvidable protagonista de “Al final de la escapada” de Godard, Jean Seberg. Una de esas historias rompedoras propia de la década de los 60 y 70. Sin ir más lejos, Truffaut contó una historia semejante de amor a tres bandas, aunque con desenlace dramático: “’Jules et Jim’, de la que también he hablado en este blog. No es una peli redonda sino desigual y, sin embargo, tiene para mí un atractivo irresistible. Porque dan ganas de completarla y continuar metido en ella. Con esos jinetes cabalgando por ahí, a la aventura, y fundando una ciudad sin nombre ni ley.

Especial por su infinita nostalgia de una posible edad de oro siempre amenazada y siempre latente.
El paso de una situación libre a otra castradora, malamente civilizada, viene dada por el contraste entre la escena en que ella paseando por el pueblo responde sonriente al saludo de un vecino: “¿Qué tal sus maridos?”, y la llegada de los colonos conservadores, que llegan arrastrando sus dogmas sociales. Les acogen temporalmente en su casa y, claro, las miradas sospechosas y sin comprender la presencia de dos hombres en la casa, afectan su libre relación a tres, obligándolos a fingir que sólo uno de ellos es el marido.

Como los nuevos pobladores han venido para quedarse, tiene que acabar definitivamente su libre, afectivo amor. Y me sentí triste, como los otros dos, cuando uno de ellos opta por dejar el pueblo. No sólo porque se va uno de los tres, sino porque supone el final de un sueño de libertad, de un afecto y sexo inocentes, sin etiquetas. Y te pones a soñar con todo eso y, aunque no soñaras, seguiría calándote su huella abundante, deliciosa, sugerente, libre, escurridiza.

domingo, 29 de noviembre de 2015

El incómodo 'Lawrence de Arabia', de David Lean


Por Tesa Vigal

Lo especial de esta película es que cuenta la insólita aventura personal de uno de esos personajes históricos inclasificables. Algunas personas se sienten felizmente adaptadas, identificadas con el lugar y la familia que les ha tocado. Otras, sin embargo, no encuentran su lugar. Y otras, como Lawrence, lo encuentran en espacios, o tiempos muy alejados de aquellos donde nacieron. Allí, su corazón se siente en casa. Lawrence de Arabia fue en teoría militar pero no lo era. Fue en teoría espía pero no lo era. Fue inglés en teoría, pero no lo era. En fin, casi todos le miraban de reojo porque, esencialmente, era un soñador, alguien fascinado por el desierto (“porque está limpio” según sus palabras), un romántico, alguien excesivo y excéntrico. Justificado en un principio por los intereses ingleses en la primera guerra mundial, contra los turcos, Lawrence se convirtió en un árabe más, vistiendo y viviendo como ellos, uniendo y dirigiendo a las tribus dispersas de Arabia para lograr su independencia. Sobre sus correrías por el desierto escribió un libro, del que no puedo opinar porque no he leído: “los 7 pilares de la sabiduría”. 

Con el magnético Omar Shariff

Aparte de eso era un personaje torturado y contradictorio, la violencia y el sexo le repelían y le fascinaban al mismo tiempo, sus estudios eran de humanidades y le apasionaba la literatura. Esa contradicción emotiva se refleja en un episodio de su vida, cuando es apresado por los turcos, aunque en la película apenas se esboza lo que le ocurrió. Fue torturado y violado, tuvo que enfrentarse con su sombra, lo ocurrido fue humillante y doloroso, pero también descubrió que encontraba placer en el dolor, que su sexualidad era ambivalente, o bisexual (se ha hablado mucho de ello, pero ante un personaje solitario y reservado como Lawrence es difícil llegar a saberlo). El caso es que tras ese episodio, Lawrence se volvió más vulnerable, más retraído, melancólico, más humilde, como comenta Omar Shariff (Alí, quien seguramente llegó a amar a Lawrence, o en todo caso lo admiraba profundamente). En otra escena, tras una batalla cuerpo a cuerpo, mirando con horror su brazo ensangrentado por la sangre ajena resbalando desde su cuchillo, tiene que reconocer que le gusta y sin embargo también le horroriza a su lado idealista; ambos lados reales, sentidos por igual.  



Pero es que, además, tanto su interpretación (Peter O’Toole, Omar Shariff, Anthony Quinn) como sus imágenes y su luz están a su altura. El resultado hace soñar, pensar, sentir y cuando menos te lo esperas te ha hechizado solapadamente. Peter O’Toole aporta a su interpretación toda la ambigüedad y hondura a su personaje, construido a base de hechos significativos y detalles. Cuando le ven apagar una vela con los dedos, alguien quiere repetirlo y se quema, y al preguntarle dónde está el truco, Lawrence responde: “el truco está en que no te importe el dolor”. Ya en compañía del impresionante Omar Shariff y los suyos, en pleno desierto, Lawrence vuelve sobre sus pasos para rescatar, de manera suicida, a un hombre que se ha caído de su camello y andará perdido en la arena, volviendo atrás a buscarle cuando los árabes le dan ya por desaparecido, y en cualquier caso lo aceptan porque para ellos todo está escrito. Él responde: “Nada está escrito”. Su manera de contemplar durante horas las dunas del desierto. Sus remotas miradas, hambrientas siempre de cruzar sus límites personales. 


El desierto aquí no sólo es el desierto es también el mar, es una fusión de agua y fuego, de mente y sentidos, de infinito y misterio. Así son sus imágenes. Recuerdo por ejemplo la escena (foto izda.) en la que se va acercando desde el horizonte un hombre en camello. Ese acercamiento tiene toda la magia de la aparición de lo desconocido, una imagen que se desdibuja y difumina en el aire tembloroso y enigmático del desierto, donde surgen espejismos y seres rebeldes, donde todo está vivo y se recuerda a los espíritus-genios que pueblan el desierto según la cultura árabe. Los sentimientos y emociones van reposando y van calando en el espectador sin que se dé cuenta, hasta que se encuentra atrapado en la historia subterránea que recorre esta peli, más allá de su historia aparente.
  

lunes, 2 de noviembre de 2015

'Mi vida sin mí' de Isabel Coixet

Por Tesa Vigal

La certeza de la muerte cercana transforma la vida volviéndola trascendente, plena y, sobre todo, cambiando la escala de valores y el orden de preferencia de acciones y decisiones. Colocando cada cosa en su lugar, desechando las inútiles, banales y secundarias. Es decir transformando la vida en una vida auténtica, en armonía con nuestro ser. Así es como tendríamos que vivir siempre, pero sólo ante momentos excepcionales como ciertas encrucijadas, o la proximidad de la muerte, se revela la importancia de lo irrepetible. Incluso en el supuesto de la reencarnación, cada vida actual es la única vida. 


Este es el sugerente tema, casi hipnótico por momentos, de la película de Coixet, alejado del melodrama y por tanto de lo superficial. Su protagonista, encarnada magníficamente por Sarah Polley, no vive su penosa circunstancia como una víctima, ni tampoco quiere colocar en ese papel a los seres queridos que dejará atrás. Se mira de frente, contempla por primera vez mira su vida con sus límites y sus posibilidades, lejos de la actitud automática que la llevó a ser madre adolescente.

Como en “Cosas que nunca te dije”, la historia rezuma liberación, lo cotidiano rescatado de su banal trampa gris, revelándose plena de sentido, de inevitable atmósfera poética con sus imágenes sobrias, exactas, apuntando siempre a nuevas sugerencias como en las muñecas rusas o las cajas chinas, una dentro de otra, con sus colores llamativos pero sencillos, nítidos pero sutiles, emocionales pero silenciosos. Una atmósfera melancólica que empapa como la lluvia, pero se desliza dulce y honda como las gotas que se reciben entregadamente, anheladas con alivio y recubiertas por un deseo que vuelven el instante cotidiano en algo extraordinario. 


Todos tendríamos que escribir en un cuaderno, como la protagonista, “cosas que hacer antes de morir”. Y luego realizarlas impecable e implacablemente, porque no habrá otra oportunidad de vivir nuestra vida.  Puede que descubramos que una actividad que considerábamos tonta o sin importancia se revele como fundamental e insustituible. Y al revés, cosas que juzgábamos de gran relieve se conviertan en cosas desechables y absurdas. ¿Cuánto tiempo nos ocupan? ¿Qué es lo que nos roban...?

La escena de la lavandería (escenario frecuente en las películas de Coixet) con el personaje conmovedor de Mark Ruffalo, lleno de vida que se le escapa a través de mínimos gestos, viendo dormir a la persona que acaba de conocer... Los silencios de esta película, medidos y pulidos como piedras preciosas, son todo menos vacíos. Están plagados de acción, absorbentes e ilimitados como el juguete de un niño. Y sin embargo todo en esta historia es sencillo. Mágicamente sencillo, saliéndose de sus límites de espacio y tiempo. Humildad, sobriedad, melancolía... 
    
     



domingo, 4 de octubre de 2015

'Mystic river' y 'Sin perdón'-'Unforgiven' de Clint Eastwood


Por Tesa Vigal

Dos películas de Eastwood sobre lo implacable. Si el mundo está hecho de pavor y maravilla (como diría Don Juan Matus, el indio de Castaneda), lo implacable pertenece al pavor y acaricia la maravilla por su lado misterioso. En cualquier caso, estas dos pelis me estremecieron. Y ambas son incómodas.

En 'Mystic river' lo implacable del ¿azar? De tres niños jugando juntos, es a uno a quien raptan, violan, maltratan. Lo implacable del efecto aterrador del miedo, instalado en él para siempre. Esa estremecedora escena en la que Tim Robbins, tras ver una peli de vampiros en la tele, le comenta a su mujer que los vampiros existen. Él los sufrió en su infancia, aunque su mujer no entiende el tono de temblorosa lucidez sarcástica, propio de un ser herido en su centro, con el que él lo dice. Simplemente reacciona con miedo, al entrar en contacto con el lado más oscuro de la vida a través de su marido. 

Como mínimo las personas tan heridas provocan incomodidad y recelo. Sólo los que sean valientes además de sensibles captarán en ellos el dolor por debajo de sus actitudes defensivas, de la intensa, alargada huella del contacto con lo destructivo. Porque al contrario que el dolor comprensible por la muerte de un ser querido, o una ruptura amorosa, que generan compasión instantánea, esas otras heridas convierten a las víctimas en seres solitarios para siempre. Ellos saben, han vivido por desgracia algo tan extremo como difícilmente comunicable, como lo son los malos tratos que van más allá de lo físico. 



Sus dos amigos dan por perdido al niño, que les mira desde el cristal trasero del coche de sus raptores, alejándose de ellos de manera irreversible. Y cada uno reaccionará a su manera. Uno se convertirá en policía. El otro, se mostrará también implacable en la venganza de su hija muerta, como si su actitud anidara, de manera indirecta, eso mismo que pretende aniquilar. La sutileza impresionante con que Eastwood cuenta el efecto devastador del lado oscuro de la vida en los testigos indirectos de la víctima directa, es impresionante (por cierto, la música también es suya). Una ola negra les roza a todos, de la que todos quieren desprenderse, de la cual sólo la víctima se siente culpable y sólo la víctima volverá a serlo para que los demás se liberen de su sombra alargada. Porque alguien a quien no se le puede ayudar, es mejor que se aleje, que desaparezca.

Esos enormes actores (Tim Robbins, Sean Penn, Marcia Gay Harden) dando vida a lo misterioso del destino, lo corrosivo del miedo, el recelo ante las heridas, las sombras con las que todos ellos tienen que convivir. Mucho más nítidas que lo cotidiano, la huida, el cariño, más incluso que sus propias personas. Al flujo sereno, con el que van desenvolviéndose las historias de Eastwood, se suma aquí la atmósfera densa de lo estancado, de aguas pantanosas engullendo en cualquier momento, por el lado más inesperado. 



Lo implacable en 'Sin perdón' radica en la propia existencia de seres destructivos, a la que se añade el misterio de que un día puedan cambiar. Y otros, no. ¿Es eso destino? ¿ser lo que uno es, de manera inocente? Un aire legendario envuelve esta película desde el principio. Y la materia de leyenda es lo extraño, lo memorable aunque no se entienda. 

 El misterio de la integridad. La pureza de ser fiel a uno mismo aceptando las consecuencias. El movimiento incesante y las contradicciones forman parte de la esencia de la vida. Contradicciones que tienden a fundir sus lados opuestos en una resultante que casi siempre nos resulta inaccesible, pero cuya presencia late como una promesa envuelta en bruma y una necesidad de buscar su sentido. El protagonista de esta historia fue en el pasado un mal bicho, el asesino despiadado William Munny, de quien él mismo dice: “Era débil, maltrataba animales, me tenían miedo”. Luego quiso cambiar y lo hizo: “Mi mujer me quitó la maldad”. Pero cuando comienza la historia es un hombre mayor, viudo, torpe y gastado, trabajando en su granja de cerdos junto a sus dos hijos. Cuando un chico conoce su pasado y le comenta que no parece un asesino, él responde: “Igual no lo soy”. La historia acaba con el mismo hombre, implacable y sobrio porque vuelve a expresar el talento que Dios le ha dado, aunque se trate de talento para matar: “Siempre he tenido muy buena suerte en eso de matar…”.  



En medio queda el misterio del mal, una parte del mundo cuyo sentido se agita en la oscuridad pidiendo una respuesta. Puede que lo destructivo al margen de intenciones, sería tan inocente como el bien. ¿O no? ¿Puede existir un asesino inocente?

Esa es la pregunta con la que se cierra esta impresionante película. Los indios sioux tienen un sobrio concepto de lo sagrado. Para ellos el único “pecado” es dejar de ser sagrado, dejar de ser uno mismo. Por supuesto ese uno mismo apunta al alma, no a las máscaras o personajes adoptados en la vida para ir tirando o para ser aceptados. Los sioux apuntan a la zona más honda del ser humano. Justo donde anidan todas las respuestas sin preguntas.

Esta película cuenta la historia de un hombre que cambió y cómo siguió siendo bueno aunque volvió a matar. De nuevo otra pregunta incómoda. Y, como siempre que se profundiza, es en los numerosos matices de esta historia aparentemente sencilla donde vibran las respuestas. Hay otros personajes violentos pero ellos no transmiten inocencia, sino un caudal turbio de intenciones, de voluntad maligna. Y esa diferencia perturba. Son gente destructiva que ejercen de asesinos malignamente, con intención de dañar, de destruir. Por contraste, el protagonista actúa desde una serenidad defensiva o incluso “bondadosa”, humilde, constatadora. No busca ningún tipo de poder mientras que los otros se agitan perversamente en su busca. El sheriff (Gene Hackman siempre impresionante en sus interpretaciones) con una faceta sádica que contrasta con su oficio, supuestamente pertenece y apoya el lado bueno y legal de la existencia. sin embargo le mueve una sucia necesidad de ser reverenciado, elogiado en el libro que un periodista quiere escribir sobre “leyendas” del Oeste. Éste último se arrastra tras la sombra de los poderosos, por eso va en busca de viejas glorias y por eso al encontrarse frente a un ser íntegro, con un pasado del que no presume sino del que se arrepiente, comprueba consternado que ese tipo de hombre que no busca la fama, ni la memoria, ni el poder, resulta incomprensible, incómodo, perturbador. Porque es un ser humano a quien le sabe amarga la admiración, huye del reconocimiento y acepta con humildad su camino. Porque su mayor gozo es “ser”, en lugar de tener. 


La intensidad misteriosa de la libertad y el destino, dos caras de una misma moneda escurridiza y sin nombre, remiten a lo mítico. A cualquier historia anónima de esas que empiezan con un “Erase una vez…”,  que es precisamente como comienza esta historia. Con el aire legendario de un texto y la música melancólica de Eastwood (el tema central “Claudia theme”), que añado aquí para quien quiera leerlo y escucharlo.  

El poder sería lo opuesto al amor. Y es que esta historia es también una historia de amor, la razón por la que el protagonista abandonó su pasado violento. Quiso cambiar y lo hizo. También de la amistad, del amor por los débiles, en este caso la protección de la puta maltratada sádicamente por un cliente. 



Esta película también contiene escenas delicadas, atmósfera pausada como la poza de un río de montaña, miradas insondables, lealtad, luces indirectas, la brutalidad de los gestos vulgares, una melancolía imparable, la fealdad de lo mezquino, la grandeza de alma. La tristeza con la que el protagonista responde a un adolescente que quiere saber: “matar a alguien es algo muy duro. No sólo le arrebatas su presente sino todo lo que hubiera podido ser”. El diálogo tímido y emotivo entre la puta (con la cara marcada por las cicatrices del cuchillo del cliente sádico) y su defensor, reconociendo en un murmullo que si tuviera que elegir a una de las mujeres del salón, sería ella con quien se acostaría, la puta rechazada por todos desde que aquel cliente la agredió.

El misterio y muchas preguntas sobre la existencia anidan en las escenas de estas dos películas memorables.
       



  

viernes, 11 de septiembre de 2015

'Una noche en la ópera', de Sam Wood-Hermanos Marx

Por Tesa Vigal

Suele pasar que las personas que creen en una base lógica del mundo, no puedan relativizar ni reírse de sí mismos, o tienen enterrado su lado infantil, no encuentren la gracia a las películas de los hermanos Marx. No es de extrañar. El humor de los hermanos Marx pone cualquier base sensata patas arriba, dando la vuelta a un mundo supuestamente regido por lo racional y desvelando así su base esencialmente emotiva, inconsciente y en muchos casos absurda. 


Y lo hacen con el ludismo sabio de los niños, con una alegría en la que caben la ironía y el surrealismo, sin ningún tipo de prejuicios y, por supuesto, donde no cabe lo políticamente correcto.

En sus escenas más memorables se cuestiona de dónde sale este tinglado donde estamos metidos, y que nos tomamos tan en serio como si no hubiera más alternativa. Algo que siempre deberíamos tener en cuenta para relativizar las bases de cualquier cosa, quizá sobre todo de esas que más nos hacen sufrir, o que parecen inamovibles en nuestra vida o en las circunstancias que nos rodean.


Sus personajes son siempre "personajes", es decir esas personas que no se sabe de dónde salen, con cierto olor marginal aunque también se ríen del lado dramático de lo marginal. Que tienen ideas o comportamientos peregrinos, de tan personales, y que se escapan a cualquier tipo de clasificación volviendo divertido, insólito, estimulante o enriquecedor el momento y el lugar donde aparecen.


Aquí me limitaré a recordar o descubrir algunas de sus escenas y frases memorables, para que hablen por sí mismas. Algunas muy famosas. Un camarote diminuto donde quiere entrar todo tipo de gente, quizás precisamente por eso. Desde un fontanero a una manicura (a la que Groucho pide que le deje las uñas cortas porque va faltando sitio), pasando por una recua de camareros con bandejas innumerables y una pasajera que pregunta por su tía. "Pase, pase y búsquela entre la multitud" le responde Groucho invitándola a pasar. Hasta que finalmente salen todos despedidos al abrirse la puerta por última vez.

Nada se da por supuesto. Todo se mueve. De arriba abajo y de abajo arriba pasando por los lados y aledaños. Seguir un rastro alocadamente o seguir un rastro alocado. Focas con chapa identificadora y el mudo quitándose un traje para descubrir bajo ese traje otro traje y debajo de ese traje otro traje y debajo de ese traje... En el camarote diminuto, Groucho descubre dentro de su enorme baúl al mudo durmiendo, enroscado como un gato. Le contempla y dice: "Y pensar que cuando le conocí creí que era un ser humano...".


En "Pistoleros de agua dulce" estas son algunas buenas preguntas para conocer a alguien: "¿Es cierto que se va a divorciar en cuanto su marido recobre la vista?¿Es cierto que antes era bailarina en un circo de pulgas?". Y cualquier asunto está relacionado con cualquier otro y con todo lo demás. En "Sopa de ganso": "Es un asunto bastante amplio. Y usted también es bastante amplia. Será mejor que se largue, he oído que van a construir unas oficinas en el terreno que ocupa. Se puede ir en taxi. Si no consigue uno, se puede ir indignada. Si es pronto, váyase dentro de un minuto. ¿Sabe que no he dejado de hablar desde que he llegado? ¿La habrán vacunado con la aguja del tocadiscos?".

Justo antes del célebre diálogo de besugos sobre el absurdo incomprensible del lenguaje legal de los contratos ("la parte contratante de la primera parte es a la parte contratante de la segunda parte etc...") Chico pregunta "¿ha dicho usted algo". Groucho: "Nada que merezca la pena oírse". Chico: "Será por eso que no he oído nada". Groucho: "Será por eso que no he dicho nada".


En la escena inicial en un restaurante: "Esa mujer... ¿Sabe por qué estaba con ella? Porque me recuerda a usted. Por eso ahora estoy con usted. Porque usted me recuerda a usted. Sus ojos, su garganta, sus labios, todo en usted me recuerda a usted, excepto usted. Creo que está bien claro. ¡Que me ahorquen si lo entiendo!".

En la escena de las camas a la llegada del barco a Nueva York, vuelven loco a un policía cambiando de sitios las camas y los muebles de una habitación a otra, según van cruzando puertas. ¿Hay camas o no hay camas? ¿qué es una habitación? ¿para qué sirven las puertas? ¿es la obsesión de un policía las camas y derivados? Son algunas de las preguntas con toda clase de respuestas.

¿Para qué seguir? Hay niebla y además llego tarde. No sé dónde voy, pero debería darme prisa sobre todo si ya he llegado, porque es urgente saber qué suelo estoy pisando, de qué color son las paredes, hacia dónde se abren las puertas, cuántas hay y en qué dirección sopla el viento que me no sé dónde. Seguramente el suelo es el techo y yo debo estar flotando. Pero siempre existe la posibilidad de atrapar un taxi que pase por allí camino de cualquier parte, tomarme otro café, convertirme en caballo, o salir al escenario del que nunca he salido. Cada huevo duro que te comes tiene sorpresa dentro. Sólo hay que partirlo por la mitad y mirarlo atentamente.